Mousie
Madre estaba hecha de ratones de madriguera. No le decían Mousie por eso, pero parecía. Tal vez fuera por su cara pequeña, toda concentrada. O por su andar veloz. Bajaba a la calle, pasaba la embajada y se metía en las canaletas. Tan chiquita era la cocina cuando ella no estaba. De un segundo a otro estallaba en millones de partes. La hornalla, las perillas, las sobras de la heladera. Yo me escondía abajo de la mesa, y esperaba a que vuelva. Volvía mojada, con el pelo en la cara y las uñas filosas. Cientas de lauchas amontonadas por el pasillo. Mordían todo lo que tuvieran enfrente y yo siempre me paraba enfrente. Quería tocarla, tocarlas. ¡Qué disparate! Esa imaginación rara que tenés, me decía Madre, huyendo por la puerta más cercana. Y se iba pero quedaba todo ocupado, de piso a techo. Yo seguía su rastro a través de las fotos: la de las bodas de oro, de plata, de mi hermano, las comuniones. Todas las fotos menos la mía. La mía estaba en otro cuarto. Me acuerdo cuando se la reg...