crónica entre huecos

Domingo 19

La tensión bajó vertebra por vertebra. Como una bolsa de arena que se deshilacha y de a poco se vierte al piso. Codos, colas, piernas sudadas me chocaban en el chicken bus explotado de gente.

Donde entra uno entran diez me dijeron, y lanzaban las bolsas con cacharros, y ropa al techo para hacer lugar.  Miraba casi obsesivamente maps y por poco me pase de largo la ciudad.

Xelapán, pedir una Xeca de chocolate, el Zunil, tomar el bus, la parada de buses queda todo recto, que más que más que más.

Avisarle al tipo de couch que estoy llegando. Que estoy llegando y que por favor me trate bien porque este mes ya gastó su cupo. Y que el volcán con su camino de 8 kilómetros a las fuentes georginas sea fácil. Y bueno, de paso, que no haga tanto frío.

Martes 21

"¿Puedo usar tu teléfono un segundo? ... para mandar un mensaje de texto.... sí, puede ser whatsapp, lo que mejor te venga. Dale, mil gracias"

Cierro los ojos. Listo. Un éxito. Miro el asiento azul de firuletes. Hay una verdad universal en la curva de esos firuletes que conquistaron la industria turística y camionera. Una verdad en la que puedo todo.

Menos estas 10 horas. Estas 10 horas no. En los buses de larga distancia no puedo nada. No existo, y floto entre realidades sin participar de ninguna. La gente que me rodea no es real. El paisaje se traba, conspira. ¿Cómo puede haber tanto vacío cuando se está en movimiento?

Un vacío. Un hueco. Un error del espacio tiempo que acaba a las 3pm en Río Dulce.

Jueves 23

El calor se hace notar en el velero. Ese calor que los lugares templados no toleran, pero que arrulla a los que vienen de tierras calientes.

El ruso entramó sus dedos en la nuca y buscaba el piso con la planta del talón. Me pregunté por qué está tan mal vista la prostitución, si es un intercambio. Acá, un intercambio. Mi compañía, una charla, por hospedaje. Un intercambio. Prostitución.

Nos miramos. El barco se deshacía, dejando deslizar el moho verde ante el chorro de la manguera.  Dimos por terminado el aseo, guardamos el cepillo de dientes maltratado, el polvo de lavarropas y salimos para el muelle.

El sol imparcial asedia y el agua nos preserva de la comunidad. Dmitri lleva 5 años flotando en la costa de Guatemala y no habla una palabra de español.


Domingo 26

Entro a otra distorsión del espacio tiempo, otro hueco, otro aeropuerto. Quietos. Todos en pausa, esperando, saber. Esperando que haya un asiento libre para hacer tiempo tal vez.

No hay nada que desear en un aeropuerto. Las ansiedades se impregnan en el aire, en corrientes de café  y puestos de carga y enchufes histéricos.

¿Será que es inevitable? ¿entre tramo y tramo siempre habrá un aeropuerto? ¿Un bus que te vacía para llegar desarmado al próximo destino?

Los alemanes tienen asientos exclusivos en el aeropuerto. Frente a ellos, tras la infranqueable cinta de pasillo azul, unas 30 personas sentadas en el piso, porque la puerta de embarque a Colombia no tiene sala de espera.
Quietos.

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