Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Largos - Mundial Escritura

Fantasmas

Sé que en mi casa hay fantasmas. Los descubrí la primera vez que me quedé sola a los quince, a cuestas de negociar las llaves con Mariela, que trabajaba en casa. No era para llevar pibes, ni salir, ni nada por el estilo. Me gustaba estar sola. Y cuando mamá se iba los fines de semana, yo hacía lo imposible por conseguir una copia de llaves y encontrar una mentira viable para que no me manden a lo de mis abuelos.  Era bastante rompebolas, mi vieja, que a pesar de que yo era tranquila hacía todo lo posible para que no tuviese ningún tipo de privacidad prolongada. Ella se quedó embarazada a los 19 y tenía pánico que me pase lo mismo. Yo mucho antes le grité que éramos parecidas pero que yo no era boluda. Esas cosas no ayudaban a que me den las llaves.   Pero logré quedarme y disfrutaba de los ecos entre ambientes de la casa vacía. Hasta que escuché los portazos y tuve miedo. Sonaban re fuerte, y yo toda adolescente escondida como idiota bajo el plumón. Patiné por la casa sobre ...

Clepta y Clemen

Clepta y Clementina viven solas. Viven solas en lo que solía ser una antigua iglesia, pero también viven solas en el mundo. Todo empezó y terminó el día en que caminando por las afueras de su pueblo se distrajeron, confundieron de ruta y se toparon con una vieja iglesia venida abajo. Rara, porque tenía un diseño en el que cabían cientas, tal vez miles de personas, y estaba ubicada en el medio de la misma nada. Se fijaron en maps y no había referencias. Tampoco en el buscador. Agotaron sus fuentes y decidieron entrar. No eran religiosas. Tal vez Clementina técnicamente se admitía católica por haberse prestado a hacer la primera comunión y después la confirmación en el colegio. Pero lo que se dice religiosas, no eran. La pasearon un poco, gritaron “eco”, y se acostaron en el pasillo a mirar el techo. El piso estaba frío, así que acostadas su piel emanaba un aura cálida que humedecía el piso, con pelos semi erizados irguiéndose para tomar aire, mientras que la otra mitad se apelmazaba e...

Carta a Facu II

Papá era un tipo cariñoso. No le importaba nada, era bien cararota. Y le importaba todo, se enroscaba con las cosas más irrelevantes. Tu papá era un pelotudo, me dijo una vez mi tío, le encantaba llorar. Y era así. Reclamaba, lloraba, reía. Llorar y reír es algo que hicimos juntos, aunque no me acuerde. Tenía la edad desdoblada, una cualidad confusa para la familia. Sin avisar, restaba veinte años cuando Sofía marchaba por la puerta dando la orden de apagar la tele e ir a dormir y él, pedía cinco minutos más. Pero nos íbamos a dormir. Yo dormía abajo, con la luz del baño prendida, en el cuarto al final del pasillo, y él arriba. Él bajaba cada cinco minutos para chequear que esté dormida. Y yo, expectante, no pegaba un ojo hasta asegurarme que él estaba bajando con la frecuencia pactada. A veces se escondía atrás de una pared para saltar a los diez segundos y decir que había pasado el tiempo. Otras, se acostaba al lado mío y nos quedábamos abrazados. A Sofía no le gustaba ese exces...

Paréntesis pandémico para viajar

Al sol todavía le queda una hora y algo. Si el viento no corre, podés sentir el calor en la piel y cómo se calienta el algodón de tu camiseta para después mantenerse tibio cuando vuelve a soplar. El viento huele rico ahí. Huele a lejos, y a pasto húmedo. Tocás la madera de la mesa en el recorrido de veinte centímetros que tenés del borde al mate. Extendés los dedos para acariciarla, se siente fría y lisa, como recién pulida, como esos árboles de tronco tan suave que te dan ganas de apoyar la mejilla. Jugás con el agua que duerme en los huecos que vas encontrando. Tomás la calabaza y cebás el primer mate de la tarde. Te agradan estas juntadas que se mecen. Van y vuelven las ramas. Van y vuelven los silencios.Va y vuelve el paquete de Don Satur casi vacío. Va y vuelve el termo, que cada tanto se le escapa una gota entre risa y risa, y sentís el ardor con sorpresa exaltada, como si fuese el remate del chiste. Va y vuelve el debate intenso que sostienen las chicharras. Se pone el s...

Chascomús

   El viento sopla fuerte en Chascomús. Aprieta los ojos hasta que se le distorsiona la cara como acordeón, cachete y frunce solapando las pupilas, el poroto de la nariz húmedo y rojo de tanto frotarlo.    El viento te hace fruncir mucho el ceño, te lo impregna a la cara. Por eso en las tundras, llanuras y páramos se envejece más rápido: imponen unas arrugas de roble. Buscá el mejor atajo a Las Heras y comprobalo, o a La Pampa, que además de frío es seco, seco. El soplete te deja una fruncida crónica.    Pero aquel acordeonista de vientos no está en Chascomús. Ni cerca. Y aún así tensiona, tensiona ese rostro rugoso. Lo hace hundiendo el cuello en el hueco de los hombros, para darle más fuerza. También se soba las manos y las muñecas, envolviendo una sobre la otra, estirando el interior de la palma con el pulgar. Lo hace bien, con mucho vigor. Nadie puede reclamar el esmero con el que imita una mañana en su ciudad natal.    Una manta le cuelga...

Cuentos cortos

Los cuentos cortos bien hechos tienen algo espectacular. Tienen un golpe. PLAM! y así terminan. Un puñal al pecho. Desconcierto. La necesidad de releerlo porque debe haber algo que te perdiste. Debe haber por ahí en el medio una pista, una mano enguantada que te peine los cachetes y te tranquilice y te acurruque y arrulle de vuelta a la posición pasiva en la que estabas en el sillón.  Tienen algo hasta místico porque nos hacen creer, nos logran perversamente engañar, de que así es la vida. “Me encantó porque es tal cual”. Porque simulan por el más brevísimo período de tiempo que entienden, entienden perfecto. Contienen el secreto para decodificar humanos. Es tan real el desasosiego que lo primero que nos cachetea al terminarlo es ese consuelo de que la vida es así. Que por lo menos, tenemos en la yema de los dedos, la palma de las manos o sobre nuestras rodillas, a la misma vida.  Suspiramos contraídos y aliviados, entonces, que cuando hablamos de amor hablamos de Car...