Me imagino sus patitas

Me la imagino. Caminando tranquila por la playa a un paso mucho menos apurado que el que tiene ahora. Me imagino que los chicos la hacen correr, y que ella a veces corre y a veces mira. El viento le pega en su pelo que siempre fue el mismo. Le infla su pañuelo que intenta atrapar las ráfagas para agarrar envión pero solo agarra mechones sueltos que se le enredan. 

Me imagino al aire ciego, que le viene pisando los talones a cada clac de sus taquitos, desconcertado cuando le pierde el rastro en la arena. Arena que vuela por todos lados y a ella se le mete en las medias can can color piel, en las hebillas de su pollera cruzada y ese pañuelo en una eterna carrera de despegue. Está fresco de ese lado de la isla, más a esa hora. 

A su lado camina un hombre con una sonrisa impecable. Un hombre que se sabe importante, gracioso, con estatus. Tiene delante de él a sus dos hijos menores, por fin sanos ambos, que se tiran caracoles y montones de arena que intentan comprimir en cada puño. La risa de ambos se dispersa por la playa como barriletes, tal vez rematando el chiste de alguna conversación cercana, y me la imagino a ella sonriendo. Ella, mirando de costado a su marido, con una sonrisa tan grande como la de él. 

Me la imagino acercándose a la orilla, decidiendo por dónde se van a sentar, porque es el tipo de cosas que deciden las mujeres. Ella siempre decide mucho más de lo que admite. Este lado de la isla es mágico, es el lado que el viento prohíbe la entrada y posesivo se queda con el mar de rehén. Mientras otras costas permiten el surf, la pesca, las caminatas, acá no se puede siquiera meter los piecitos en el agua. No sé si me la imagino hablando en diminutivo, como ahora, tal vez vino con la edad. 

Lo importante es que entre el viento y la corriente, en este hemisferio siempre descontrolados, se desperezan olas de metros y metros de altura. Olas que pueden tragarlos en un santiamén sin masticar. Se parecen a los misterios a los que ella le reza. Rugen, se alzan, rompen, le salpican la cara con espuma y sal. 

Ella me contó que estaban los cuatro sentados ahí, en silencio. Mecidos por los ritmos de la costa, contentos. Como la sensación de panza llena, así de contentos, dejando que la arena lime las asperezas y los últimos dos años de su hijo postrado en cama y los médicos y la internación domiciliaria y su mal carácter. Todo eso limpiaba el viento. 

Están en la isla que marcaría de por vida a su hijo. Él después va a reconocer ese lugar como un lugar seguro al que vuelve en sus fantasías, aunque solo lo va a visitar dos veces en su vida y de chico. 

Me la imagino enamorada, apoyando su cabeza sobre el hombro que siempre la sostiene, haciendo una caricia distraída al hijo más cercano, sin fijarse cuál. Siento que puedo verla, feliz de normalizar sus tareas y resumir la rutina habitual de madre, sin saber lo que se viene. La puedo ver haciendo caso a las olas que la ensordecen y le piden que contemple su vaivén provocador, un vaivén que los celebra, porque la tarde está agradable y es un gran lugar para estar. 

Me la imagino de intención rebelde, y amansada por su entorno. Pero no lo ve como algo malo. El adiestramiento es parte de crecer, es síntoma de un deber cumplido. Ella va por buen camino y en esa tarde realmente lo siente así. 

Me imagino sus patitas asomando por fuera del tacón, tocando la arena fría, dejando que el viento la trepe. Está apoyada sobre el hombro de su marido, escuchando al viento. No intenta atrapar su pañuelo cuando se vuela. Está atenta a la respiración de sus hijos, que no escucha pero conoce. 

Me la puedo imaginar, a esta persona que no es mi abuela, porque mi abuela no me lo contó, pero ahí la veo. Tan lejos de casa, del campo, de la ciudad. 

Lo que más claro veo es cómo se levanta para irse. Sacude a sus hijos, da una orden, y deja la playa sin mirar atrás. 

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