Mousie


Madre estaba hecha de ratones de madriguera. No le decían Mousie por eso, pero parecía. Tal vez fuera por su cara pequeña, toda concentrada. O por su andar veloz. Bajaba a la calle, pasaba la embajada y se metía en las canaletas. Tan chiquita era la cocina cuando ella no estaba. De un segundo a otro estallaba en millones de partes. La hornalla, las perillas, las sobras de la heladera. Yo me escondía abajo de la mesa, y esperaba a que vuelva. Volvía mojada, con el pelo en la cara y las uñas filosas. Cientas de lauchas amontonadas por el pasillo. Mordían todo lo que tuvieran enfrente y yo siempre me paraba enfrente. Quería tocarla, tocarlas. ¡Qué disparate! Esa imaginación rara que tenés, me decía Madre, huyendo por la puerta más cercana. Y se iba pero quedaba todo ocupado, de piso a techo. Yo seguía su rastro a través de las fotos: la de las bodas de oro, de plata, de mi hermano, las comuniones. Todas las fotos menos la mía. La mía estaba en otro cuarto. 

Me acuerdo cuando se la regalé, las manos gorditas apretadas sobre el marco. Tenía nueve años. Me había sacado yo sola una foto con el vestido más lindo que tenía y la había impreso con los vueltos de la comida del colegio. Tomé aire frente a la puerta entornada del cuarto principal. Ella siempre estaba ahí, leyendo. No respondió. Tampoco levantó la vista cuando entré. Me acerqué tanto que me choqué el borde de la mesa de luz, pero clank, llegué a apoyar el marco sobre el vidrio. Pensé que se iba a romper y arruinar todo, pero no se rompió. Madre lo examinó despacio, lo dio vuelta, como si detrás pudiera esconder algo más, algo de valor, y woop, la desechó sobre el acolchado. No combina con el marco de la cama, dijo. ¿Yo?, le pregunté. 

- Qué imaginación rara tenés.

- Y de qué querés que hablemos. 

Eso le dije después, otro día, no entonces. Finjamos que es hoy: “De qué querés que hablemos” le digo, y me voy. Son las cinco, es la hora del té, preparo la pava para el agua con limón y espero sobre la mesada de mármol. Agua perra se llama en Chile, me dice Madre. Nadie vive en Chile. Escucho un golpe seco. ¿Madre? Le grito por el pasillo. Nada ¿Madre? Voy al cuarto porque no responde. Me preocupo. Pero ella está ahí, leyendo. Apenas me mira. Cierro la puerta de bronca, para que se tenga que parar a abrirla ella. No llego a la cocina que escucho un chillido. Me asomo de vuelta. 

- ¿Qué pasa, Madre? 

Me pide que le acerque la campanita, para después (es una casa muy grande). La campanita siempre me incomodó. Por suerte Madre es coqueta. A la moda. Y cuando no estuvo más de moda, reemplazó la campana por un timbre escondido debajo de la alfombra del comedor. Cuando los invitados están cerca de terminar la cena, toca con el pie y viene Carmen a levantar. O a servir más. Depende de quién venga. No le gusta que la gente gorda pida más. Pero cuando somos solo nosotros, usa la campanita. Hay algo de hacerla sonar que la sutileza del timbre mata. A mi hermano también le gusta. De chico pedía si podía tocar él. Madre lo dejaba, pero le decía que toque poco y firme. Nada de andar zarandeando la campana, que es de plata, antiquísima, de su bisabuela, y se puede romper.

- Y traé también el diario.

Vuelvo a la cocina. Busco dos tazas para llevar la perra agua pero no encuentro en ningún lado. Encuentro en los estantes copas de cristal tallado dentro de cajas. Saleros y pimenteros tan hermosos como difíciles de distinguir entre sí. Candelabros carísimos envueltos en diario (pienso en llevarle ese, y que se enoje). Miro los objetos extrañada, siento que jamás los vi. Vuelvo al cuarto confundida, con una copa en la mano, y está dormida. Esta vez cierro la puerta y me voy. 

Madre solía quedarse dormida. En ese entonces sus manos ya estaban frágiles, con moretones y venas rotas. Quebradas. Nudillos intervenidos con curitas y falanges desviadas. Muñecas borboteando lagunas rojas, luchando contra algo que les corría debajo. Yo la acomodaba como se acomodan los almohadones: un poco de los costados, un poco de las mechas del pelo que se le pegaban a la mejilla. Le acariciaba los párpados vencidos. La vejez le hundió los ojos. Estos ojos voy a heredar, pensaba. No me acuerdo bien cómo eran, pero a veces los siento en la nuca: te podrías vestir mejor, querida, me dicen. También los veo en mi hermano, cuando le pido si no puede ayudar en algo de todo esto y es como si su mirada me atravesara. Como si también él buscara, en otra parte, algo que merezca su atención. ¿Podré algún día mirar como miraba ella? ¿O me tocará heredar solo la forma y los contornos?

- Para mí que es sorda.

- ¿Quién?

- La mucama, cómo quién. 

Si le hubieran dicho Mousie por los ratones, habría podido ahuyentarla con la campana y hacer orden en ese entonces, cuando todavía tenía energía para combatir. Ahora, en la casa hay años y años hacinados entre bolsillos de lavanda y bolsas al vacío. Tengo miedo de abrir el ropero. De que me esperen guardados y doblados adentro todos los lugares. Ella conocía todos los lugares. Aunque los escondiera. Una vez me olvidé la cartera. Una brillante, que me encantaba y a ella no. No está, me dijo por teléfono, tal vez mirando el cajón en donde la había guardado. Me gustaría encontrarla.

- A vos te vendría bien un gato, Madre.

- A nadie, querida. Te vas a quedar estéril.

Madre decía que los gatos a la noche la iban a ahogar. Que no iba a poder sacárselos de encima. Que le iban a echar pelos en la nariz, hasta el pulmón y que también le iban a arruinar los vestidos que usaba de chica. Los de seda, el de encaje. ¡Mis sillones! No, hay que querer un gato para cuidar un gato. Y después hay que enterrarlos, es tan triste. Pero yo siempre fui cabezadura y, de tanto en tanto, se lo pedía igual. Si no me podía cuidar el gato mientras yo no estuviera. Ella miraba la ventana y hacía no con la cabeza..

Cuando mi hija nació, se asustó. Me dijo que ojalá no quedara así, fea. Pero que no me preocupara, los bebés cambian mucho. Cada vez que la dejaba con ella la beba lloraba, y Mamá llamaba desesperada. Que cómo podía ser. Que hiciera algo. Que era un milagro que siguiera casada, un santo él. Cuidalo, me decía, que criando una hija así es difícil que alguien más se quiera quedar. 

Desde que se fue, mi gato recorre los pasillos. Me trae lauchas en la boca. De ofrenda. Las caza junto a otros gatos. Gatos vecinos, gatos inventados. Todos enfermos por igual. Los gatos dan tiña, amor, tiralo a ese gato, me decía. Mamá le tenía mucho miedo a la tiña. 

- Vas a oler mal. 

A mi marido no le da miedo la tiña, ni mi olor, pero le preocupa este nuevo hábito del gato. Me pide que haga algo y le digo que haga algo él. Pero él es un buen marido y no sabe qué hacer con lo que a la casa concierne. Nos limitamos a empujar las lauchas a la mañana con la punta del zapato hasta la calle. Hasta alguna canaleta. Me encantaría poder hacer lo mismo con la casa. Con todas las bolsas selladas al vacío y todos los lugares, absolutamente todos los lugares, que están guardados entre cajones y estantes.

Mi hermano vive lejos. No lo volví a ver desde el entierro. En persona, claro. Su foto la veo todos los días. Está en un marco que ella compró especialmente. En más de uno. Está en el living, y en el cuarto, y los pasillos. Está disperso por la casa de la que no se quiere hacer cargo, y va a heredar igual. Por partes igual. Más el quinto que dispone la ley, que Madre le dejó a él.

- Yo no quiero otra hija. Mirá si sale fea.

- No digas pavadas. Pasame la campanita que esta mujer no viene. 

La extraño a Carmen. Se fue junto con Madre. La siguió la vida entera y la que viene después. Siempre le hizo caso, aunque fingiera no escucharla. Cuando llevo a mi hija al colegio le cuento que a mí me llevaba Carmen. Que me hacía el desayuno, y me ponía las medias y me decía vamos nena linda, dale, que se va a hacer tarde. Tanto le hablo que una maestra llamó para preguntar quién era esa Carmen que dibujó mi hija en el árbol familiar. La dibujó al lado mío y de la abuela. Mi hija dice que tiene tres abuelas y un abuelo y dos gatos y su papá, pero que no vivimos en la misma casa porque a una de las abuelas no le gustan los gatos. A la maestra no le gusta, porque la clase hace preguntas. A mi marido tampoco, por las visitas. Pero yo enmarco el árbol familiar y lo pongo en el pasillo: Carmen tampoco está en las fotos y alguien debería pensar en Carmen. 


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