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Sum smile

Sum smile The day after yesterday we talked We spoke about figures half moons and wedges Those people use in maths Will you read for me? I plead. Play along. Translate these hieroglyph daydreams so I can hand over my beautiful, clay sphere and listen to the square roots mumble their way out of your lips. They’re more, less or equal to many words I know To the power of prepositions of direction, time and place. A caret here, a chevron there. I hear the clay crackle even though we tread slowly even though we mouth them carefully and each slice is thoroughly measured as you smile and I keep score The scratching sounds familiar I feel so close to you, Who don't seem to take me very seriously but are still equally amused. What on earth are you doing? My fingers are covered in red dust the sum still fresh drying in the sun. You laugh- (that’s not how math is done) and clear the tab. When you're not looking I secretly go over the sum again. Just in case. But it's no use. It's ...

En silencio con Igna

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Llueve. Siempre llueve cuando pienso en Igna.  Llueve pero hace calor. Está pesado pero no demasiado. Corre viento. Estamos en la costanera sur.  Tengo la frente con gotitas de lluvia, el pelo medio electrificado y esa sensación de estar mojada pero no. El pelo aglomerado, aplastado en mechones marrón oscuro. Todo es gris, menos los árboles que están más verdes que nunca. Se lo digo. Y el agua de los charcos, la lluvia y la reserva son medio lo mismo.  Nunca tengo frío con Igna. Cuando me acuerdo, tengo la temperatura justa. Una mezcla de viento helado que se me metió en la remera y calmó un poco el calor humano que estoy largando, y el espesor que se acumuló adentro del buzo por el clima.  Hay silencio. También, como siempre que pienso en él. Estamos en el auto yendo por la avenida de los italianos. A punto de entrar al museo de la cárcova que lo cruzamos sin querer. Salto un charco gigante para bajar del auto. Tengo la sensación de que se viene una aventura siempre...

Vértices y promesas

Las contradicciones son nuestro punto más fuerte.  Es raro. Pero son el vértice. Ahí empieza el juego. Vos y yo. Un poco como los imanes a la inversa. La tensión día a día es tirante y elástica. Está siempre ahí. Apretujamos todo pero las piedras no se chocan ni se rompen ni se cansan de rechazar. Nos resistimos.  Desde el hueco de ese filo nos miramos muy nerviosos. Pensando cómo mentirnos en la medida justa. Un poco más y se nota. Un poco menos y no alcanza.  Necesitamos vértices. Puntos medios. Cosas que dejen tarea para el hogar. Por ejemplo eso de ser libres siempre y cuando sea por igual.  Pero yo ya sé que el juego siempre es resistir. Ver quién negocia mejor. No soy boluda, solo me hago.  Pero sonaba lindo, sonaba re lindo ¿no?  Te voy a hablar y no sé que decirte. Un montón de palabras como papelitos de relleno de una caja. Quilombo nomás. Hasta que me quedo en silencio y dudás primero. Y me quedo sin pellejos en el dedo índice y sin parte de la ye...

Brahma 1

Se enfría la Brahma caliente.  Esperamos sin apuro a que cierren las urnas. No sé si se le puede decir espera a esto. Hay demasiada poca expectativa. Estamos. Estamos sin apuro hasta que cierren las urnas. Estamos con la Brahma caliente al sol con una decisión que parece negligencia. Y unos perros que van y vienen ladrando pero no se dejan tocar. Pelusa, Nico, Carlitos y Taison.  La primera birra la compré. La estaban cambiando de lugar y los pesqué, y en el fondo, ¿yo a quién le voy a contar? Se hacen unos pesos por una birra que igual no quería tomar nadie. La segunda ya la ligué de yapa y con compañía. Ahora alguien pesca, alguien maneja una lancha a lo lejos, alguien la mira y alguien escribe.  A uno le gusta treparse a la cornisa y ver la pesca. Ya no me acuerdo cuál. Uno feo. Son todos feos y el sudor nos cae por igual a todos. Eso me gusta. Yo no pesco, ni sé vivir en un container. Ni entiendo mucho cómo es esa logística. Y el pescador no sabe qué puede haber de bu...

Me gustás mucho a la mañana/ Mornings look good on you

Me gustas mucho a la mañana. Me gustas cuando nos despertamos, todavía no tenemos conciencia de nada.  Si es mi casa, o la tuya.  Es la mía, porque los rayos de sol se empiezan a filtrar por la cortina de mentira que mirás exasperado sabiendo que tiré el blackout. Si es tu casa, sonó la alarma o ya dormimos más de 9 horas  y el cuerpo pide que nos movamos. O me lo pide a mí, vos siempre te rezagás un poco más y ahí te busco. Ahí me gustás, cuando nos despertamos. ¿Querés ser mi novio solo a la mañana?, te pregunté. A la hora en la que todavía no hay nada  estamos juntos hace solo unos minutos mis piernas trepando las tuyas de forma automática. A la mañana recién despiertos no hay ayer, no hay un plan, no tenés trabajo y no te tengo bronca, no hay almuerzos familiares, no hay caminatas por la ciudad estamos vos y yo desnudos. Tenemos los ojos apenas entreabiertos pero  tus manos empiezan a acariciar mi espalda,  cada hueco y hueso, mientras te doy besos. Tod...

Fantasmas

Sé que en mi casa hay fantasmas. Los descubrí la primera vez que me quedé sola a los quince, a cuestas de negociar las llaves con Mariela, que trabajaba en casa. No era para llevar pibes, ni salir, ni nada por el estilo. Me gustaba estar sola. Y cuando mamá se iba los fines de semana, yo hacía lo imposible por conseguir una copia de llaves y encontrar una mentira viable para que no me manden a lo de mis abuelos.  Era bastante rompebolas, mi vieja, que a pesar de que yo era tranquila hacía todo lo posible para que no tuviese ningún tipo de privacidad prolongada. Ella se quedó embarazada a los 19 y tenía pánico que me pase lo mismo. Yo mucho antes le grité que éramos parecidas pero que yo no era boluda. Esas cosas no ayudaban a que me den las llaves.   Pero logré quedarme y disfrutaba de los ecos entre ambientes de la casa vacía. Hasta que escuché los portazos y tuve miedo. Sonaban re fuerte, y yo toda adolescente escondida como idiota bajo el plumón. Patiné por la casa sobre ...

Luz roja y dedos en la piel

Se me pegó su piel.  Qué hacerle. Tengo la punta de sus dedos tocándome la cintura mientras me muevo.  Me quedaron restos en el pelo de luz roja y violeta fluorescente. La luz roja que jugueteo con tener en mi casa y el éxtasis del cielo verde y los árboles naranjas que salían de entre el empedrado.  Se me pegó. No en el momento, me siguió a casa.  En el momento era una mano, un abrazo más de los que tenemos miles. Parte de la textura y el baile clandestino entre fábricas.  Pero me siguió a casa y me desperté con una voz en el oído y sus dedos tocándome la cintura mientras bailaba. Rogándome muy tibio al oído. Distrayéndome en el almuerzo. Sonriendome irresistible en la nuca.  Se me pegó, no puedo sacarlo. Fantaseo con su mano completa. Toda su mano envolviéndome y su beso en el cuello en respuesta al mío. Se me pegó el calor en el pecho de un fuego que no hubo pero que mi cuerpo malinterpretó durmiendo. Una caricia retenida fuera de contexto. ¿Cómo le hago...

Clepta y Clemen

Clepta y Clementina viven solas. Viven solas en lo que solía ser una antigua iglesia, pero también viven solas en el mundo. Todo empezó y terminó el día en que caminando por las afueras de su pueblo se distrajeron, confundieron de ruta y se toparon con una vieja iglesia venida abajo. Rara, porque tenía un diseño en el que cabían cientas, tal vez miles de personas, y estaba ubicada en el medio de la misma nada. Se fijaron en maps y no había referencias. Tampoco en el buscador. Agotaron sus fuentes y decidieron entrar. No eran religiosas. Tal vez Clementina técnicamente se admitía católica por haberse prestado a hacer la primera comunión y después la confirmación en el colegio. Pero lo que se dice religiosas, no eran. La pasearon un poco, gritaron “eco”, y se acostaron en el pasillo a mirar el techo. El piso estaba frío, así que acostadas su piel emanaba un aura cálida que humedecía el piso, con pelos semi erizados irguiéndose para tomar aire, mientras que la otra mitad se apelmazaba e...

Te acostaste a tu lado

Su mano se posó sobre la suya. Se apoyó con miedo y cuidado, o con cuidado por miedo. Con disgusto sacó la mano de debajo de la suya. Sacudiendo el tacto molesto de una mano que siente por demás. Le acarició el pelo con cariño acumulado. Respirándolo cuando se acercó para tirar de un mechón. Eso le gustaba. Toleró la caricia tensando los hombros y el cuello. Prefería el toque de la manta azul con olor del sillón, con trazos de perro y dejadez, pero propios.  Se separó de su cuerpo despacio, con mucha comprensión y tristeza, sin saber dónde ir sin alejarse más. Ansiaba su calor. Aceptó esa distancia, que la tranquilizó y casi le dieron ganas de darse vuelta y ponerle una mano en la cara, para calmar las aguas. Pero solo casi, y se encapulló en las sábanas que ahora se extendían sin fin. Se fue a otro cuarto para regalarle espacio, satisfecho con su buen sentido común. Se quedó en la cama, pero no sintió tal espacio, porque cerca, a uno o dos cuartos, había una persona con sentid...

crónica entre huecos

Domingo 19 La tensión bajó vertebra por vertebra. Como una bolsa de arena que se deshilacha y de a poco se vierte al piso. Codos, colas, piernas sudadas me chocaban en el chicken bus explotado de gente. Donde entra uno entran diez me dijeron, y lanzaban las bolsas con cacharros, y ropa al techo para hacer lugar.  Miraba casi obsesivamente maps y por poco me pase de largo la ciudad. Xelapán, pedir una Xeca de chocolate, el Zunil, tomar el bus, la parada de buses queda todo recto, que más que más que más. Avisarle al tipo de couch que estoy llegando. Que estoy llegando y que por favor me trate bien porque este mes ya gastó su cupo. Y que el volcán con su camino de 8 kilómetros a las fuentes georginas sea fácil. Y bueno, de paso, que no haga tanto frío. Martes 21 "¿Puedo usar tu teléfono un segundo? ... para mandar un mensaje de texto.... sí, puede ser whatsapp, lo que mejor te venga. Dale, mil gracias" Cierro los ojos. Listo. Un éxito. Miro el asiento azul de firu...

Carta a Facu II

Papá era un tipo cariñoso. No le importaba nada, era bien cararota. Y le importaba todo, se enroscaba con las cosas más irrelevantes. Tu papá era un pelotudo, me dijo una vez mi tío, le encantaba llorar. Y era así. Reclamaba, lloraba, reía. Llorar y reír es algo que hicimos juntos, aunque no me acuerde. Tenía la edad desdoblada, una cualidad confusa para la familia. Sin avisar, restaba veinte años cuando Sofía marchaba por la puerta dando la orden de apagar la tele e ir a dormir y él, pedía cinco minutos más. Pero nos íbamos a dormir. Yo dormía abajo, con la luz del baño prendida, en el cuarto al final del pasillo, y él arriba. Él bajaba cada cinco minutos para chequear que esté dormida. Y yo, expectante, no pegaba un ojo hasta asegurarme que él estaba bajando con la frecuencia pactada. A veces se escondía atrás de una pared para saltar a los diez segundos y decir que había pasado el tiempo. Otras, se acostaba al lado mío y nos quedábamos abrazados. A Sofía no le gustaba ese exces...

Enrolle/Turned, twisted bed sheets

Turned, twisted bed sheets Piled up into mountains and caves You, hidden in some crevice Me, peeling you out of that mess The bed sheds it’s skin, lets the covers fall in whirlwinds of linen and daydreams the music floating above, undulating dipping at every move of our hide and seek. Maddening the coil springs. I chase what’s left of your laugh in the air soaked in traces of your electricity The mattress almost naked The landscape gone, i’ve got you now On the tip of my fingers in a hissing static, your warmth bursting all the way from my chest flooding the room with this bad habit happiness of yours I throw over the last of the sheets and there’s not an inch of you in sight only music escaping through the window an arm clinging heedlessly, and an accusing, helpless, empty space -----------------------------------------  Enrolle de sábanas montañoso, el plumón un montón de arrugas y cuevas. Vos escondido en una, yo pelando capas buscando. Caen las sábanas como hojas secas, un...

Paréntesis pandémico para viajar

Al sol todavía le queda una hora y algo. Si el viento no corre, podés sentir el calor en la piel y cómo se calienta el algodón de tu camiseta para después mantenerse tibio cuando vuelve a soplar. El viento huele rico ahí. Huele a lejos, y a pasto húmedo. Tocás la madera de la mesa en el recorrido de veinte centímetros que tenés del borde al mate. Extendés los dedos para acariciarla, se siente fría y lisa, como recién pulida, como esos árboles de tronco tan suave que te dan ganas de apoyar la mejilla. Jugás con el agua que duerme en los huecos que vas encontrando. Tomás la calabaza y cebás el primer mate de la tarde. Te agradan estas juntadas que se mecen. Van y vuelven las ramas. Van y vuelven los silencios.Va y vuelve el paquete de Don Satur casi vacío. Va y vuelve el termo, que cada tanto se le escapa una gota entre risa y risa, y sentís el ardor con sorpresa exaltada, como si fuese el remate del chiste. Va y vuelve el debate intenso que sostienen las chicharras. Se pone el s...

Chascomús

   El viento sopla fuerte en Chascomús. Aprieta los ojos hasta que se le distorsiona la cara como acordeón, cachete y frunce solapando las pupilas, el poroto de la nariz húmedo y rojo de tanto frotarlo.    El viento te hace fruncir mucho el ceño, te lo impregna a la cara. Por eso en las tundras, llanuras y páramos se envejece más rápido: imponen unas arrugas de roble. Buscá el mejor atajo a Las Heras y comprobalo, o a La Pampa, que además de frío es seco, seco. El soplete te deja una fruncida crónica.    Pero aquel acordeonista de vientos no está en Chascomús. Ni cerca. Y aún así tensiona, tensiona ese rostro rugoso. Lo hace hundiendo el cuello en el hueco de los hombros, para darle más fuerza. También se soba las manos y las muñecas, envolviendo una sobre la otra, estirando el interior de la palma con el pulgar. Lo hace bien, con mucho vigor. Nadie puede reclamar el esmero con el que imita una mañana en su ciudad natal.    Una manta le cuelga...