Amor

 

Los árboles de la calle tienen color hoy. No sabe cuándo fue. El gris de la calle quedó interrumpido por una fachada verde. Vista de arriba, tiene tantos tonos como copas. Se mecen como la mancha de humedad que se esconde en el vestidor. La mancha crece y gana círculos concéntricos. Es como ver al viento moverse pero quieto, en degradé. A ella le gusta el calor que emana: bajo su protección crecen las flores que la administración querría matar. La mancha crece detrás de una caja de zapatos de Amor.  Amor no sabe. Ahí guarda sus zapatos preferidos, para que no se deterioren. La mancha se les acerca cada vez más. 


El viento se ausenta y vuelve a frías ráfagas. Está repentino. Le hace acordar al verano cuando era chica. Antes de que llegara una tormenta llegaba el viento y el viento la empujaba sobre la arena. Las tormentas se acercaban y su cuerpo pequeño lo presentía aunque aún estuvieran lejos. Cierra los ojos. Cuestiona la probabilidad: los árboles, los pájaros saben cómo poner pantone en palabras. Los radares y satélites, en cambio, pronostican 100% lluvia y no llueve. Y ella, que se fue achicando en esa casa, ella, que ahora quedó reducida a una cornisa a la que llama balcón, no sabe qué va a pasar. Una paloma se le acerca.


    -     Crruu. 

La paloma gira su cabeza noventa grados. Ella trata de asustarla pero una ráfaga de viento frío la ciega y no llega a ver.  Mueve la mano a tientas.

    -     Fuera. 

Le llega a tocar el lomo. Le saca un crruu antes de que salga volando.Una sirena de una ambulancia brota en línea recta desde los árboles, atrayendo con sus gritos la tragedia latente en la ciudad. Ella se acerca la taza a la nariz para que la acaricie el vapor. Le gusta tomar té y leer, pero no lee. Es difícil leer en la cornisa cuando hay viento. Así que solo toma su té. Se le humedecen los cachetes. Ese lugar de la pared lo suelen ocupar los obreros y las gotas que caen del aire acondicionado. No es de nadie, pero tampoco es de Amor. Amor no lo dice, le da vergüenza, pero tiene vértigo. A veces, cuando suben una escalera mecánica, Amor alza la vista y se agarra más fuerte de la tira de su cartera. Cuando la conoció le daba ternura: estaban en una terraza y ahí estaba Amor, brillante, con sus gestos firmes, destacando entre todas las personas, acorralada por un invitado contra la pared baja de una terraza. Cada tanto miraba de reojo a la Avenida Libertador. Ella se acercó a decirle que la estaban buscando. Después de eso, se quedaron charlando toda la noche, sentadas en el piso, lejos de la pared. 


La vista desde la cornisa es sucia. El departamento en el que viven da a una avenida grande. La ciudad se condensa entre carriles y caños de escape. Pero hoy la avenida tiene un destello. Como una luz permanente de mañana.  El cemento, el escombro, los pelos atascados en tornillos, y el polvo se ven diferentes. Le hacen pensar en los edificios en demolición, con sus manos necróticas aferradas a la vereda, escapando del concreto. El gris opaco de los fierros se traga el sol y lo escupe de vuelta: es hipnotizante. 


Prende un cigarrillo. El calor hace vibrar el aire. Le da rosca al encendedor una vez más y deforma los edificios que tiene enfrente. Los quema con su llama. Piensa en la alfombra de baño que nunca volvió a poner en su lugar: está colgada en el alambre de la baranda. Y en el pilón de camisas que dejó sin planchar porque la plancha tiene hongos (hongos sin tonalidades, pero no sabe el efecto que podrían tener sobre el algodón. Amor cuida mucho el algodón).  


Desde el semáforo en rojo sube una trompeta. Sale de un monociclo con sombrero. Su melodía no coincide con el semáforo. Es lenta, y profunda. Toca para sí misma. No le pertenece al monociclo. La escucha y se pregunta si sonaría diferente en un teatro. No por la acústica. Por los ornamentos. Se pregunta si la música, entre ornamentos dorados y en espiral, se movería distinto que en el semáforo. Piensa en todas las dimensiones que el sonido tiene por recorrer, y fuma. La música nunca entra en su casa: a Amor le gusta el silencio y que no haya gente.


    -   Un día te vas a caer. 


Su frase dispara hacia abajo pero los sonidos de la calle se precipitan hacia arriba. Ahora se escucha un grito: a alguien le robaron una cartera. El ladrón corre. La chica no lo alcanza. Él dobla y se pierde. De verdad los árboles están muy verdes. 


    -     ¿Te tirarías a buscarme, Amor?

    -     Ni loca. Pero te traigo un cenicero la próxima. Vas a quemar a alguien.


Lo piensa, pero decide que no le molesta. Se huele las manos: huelen. Le gusta. Después se mira el pantalón y lo acomoda: rehace el dobladillo hecho a mano. Lo desarma, le saca los restos de tierra y lo vuelve a doblar. Tiene cáscaras de pintura pegada, y las saca una por una. Cuando termina con las cáscaras, recién ahí se da vuelta para mirarla. Amor tiene el pelo atado tirante hacia atrás. Le cae y baja recto por su columna. Como si fuera un río petrificado. No se mueve: así de lacio es y cae siempre en el mismo lugar. Amor es más baja que ella. No usa nada que tenga altura, dice que no es práctico. Usa chatitas, que le hacen acordar a las bailarinas. 


Amor desvía la mirada y busca algo en el cielo. Hace rato que debe estar parada dentro de la casa, esperando que ella entre. Cuando espera, Amor arregla cosas: floreros, almohadones, estantes. Hace cambios sutiles que ella después trata de adivinar. En las semanas en que está nerviosa, los libros expuestos sobre la mesa rotan diariamente. 


    -    Dicen que va a llover. 

    -    ¿Quién dice? 

    -    Dicen.


Es verdad que la tarde está más húmeda. Los colores se cargaron de estática. Cuando los quiere enfocar se vuelven borrosos y el viento los esparce. Ella le hace un gesto a Amor para que salga. Amor no sale, pero se estira. La busca con la mano y encuentra el pelo cayendo sobre su nuca. Lo toca. Quiere que sea un gesto dulce pero su caricia es porosa, se está por deshacer. 


    -    Compré manteca -, le dice. 


Lo que queda de sol le ilumina las pecas. Está dorada. El viento sopla pero nada en ella se mueve: su remera le ciñe el cuerpo, su collar tiene una medalla que se le apoya en la parte alta del pecho. Sus ojos no se achinan. La mirada de Amor cuando te encuentra, se posa: mira la pila de remeras arrugadas y pondera. Cuando no queda más que observar, insiste con algo más.

    

    -    Mamá dice que estamos invitadas a comer hoy. 

    -    Hoy es ya, Amor.


Amor acomoda las manos sobre su falda. Se sostienen la una a la otra.


    -    No quiero ir sin vos de vuelta. 


Le gustaría darle la mano a Amor. Desatar el entramado de dedos y abrazarla. Pero la remera de Amor es blanca, y ella está cubierta del polvo que se acumula sobre las superficies.  


    -    ¿Viste que lindas las copas? 

    -    ¿Dónde?

    -    Las de los árboles abajo.

    -    ¿Cuáles? 


Amor no va mirar hacia abajo, pero insiste en lo específico. Necesita saber cuáles copas. Las va a recolectar después, desde la vereda. Amor es puntillista. La vida para ella está hecha de pequeños puntos y ella puede describir su composición parte por parte. Conoce la textura y el color de cada uno. Es paciente, e insiste en nombrarlos. Todo se puede nombrar. Su voluntad no tiene fin. Tiene listas. Amor puede levantar ciudades. Dinamitar puentes. A la mañana, cuando prepara el café, no aparta la vista de los bordes de la taza, porque la máquina las llena hasta arriba y si no se vuelcan. Prepara antes los apoyavasos. Se acerca con cuidado. Trae la leche en un jarrito especial para la leche que compró en el mercado de pulgas. A veces hasta le apoya la taza entre las manos en vez de dejarla sobre la mesa, y ahí Amor se acuerda de que las manos de ella son suaves. Entonces no sabe qué decir y eso la desconcierta y no dice nada. 


    -    Las copas, Amor. Las copas en general. Las que quieras. 

    -    Me gustaría que fuéramos.


Queda poca luz. Es tarde para salir de la casa ya. La familia de Amor come temprano. Pero Amor está seria. Está quieta. Está cerca. Su piel está hecha de mármol. El que se usa para las esculturas de velos tallados. Esos que parecen livianos y transparentes, como si se fueran a esparcir en el aire y revelar un rostro tan nítido, tan plantado en la materia que ocupa, que haría desvanecer la materia misma. Cuando Amor se enoja se le puede ver cada músculo. Para irse, para salir de la casa, tendría que pasar por encima de cada uno de ellos. Amor habla pausado:


    -    Le dije que vamos. 

    -    Bueno, vamos. 

Entonces Amor la suelta. El gesto es repentino y ella ve como el calor se disipa rápido de sus mejillas. No es la forma en que le hubiera gustado que aceptara el pedido. Pero aceptó. Se da vuelta y se adentra en la casa. Agarra su tapado y sus llaves. Se peina en el espejo de la pared. Amor se encuentra sola en el medio del living. Vuelve. Ella sigue en la cornisa. Amor la mira de arriba abajo:

    -    Dale, vestite y vamos. 

Repasa lo que tiene puesto. Ella está vestida. Tiene arremangado el jean (limpio), la remera varios talles más grandes que es su preferida (la huele, está limpia también) y borcegos. Podría ponerse perfume, pero eso no toma tiempo.  

    -    Yo ya estoy, vamos. 

Amor abre la boca y el semáforo se pone en verde. Pasa una horda de autos. Los embriagues mal puestos rebotan entre pisos. Una moto cruza mal y el chirrido desencadena una hecatombe. Se descontrolan las bocinas. 


    -    ¿Qué dijiste?


Aparece de vuelta la paloma. Amor la mira desde el alféizar. Toma aire y prueba de nuevo. 


    -    Dije que va a refrescar. 

    -    Pensé que iba a llover. 

Los músculos de Amor se endurecen de vuelta. Ella puede ver dónde se le tuerce la carne. Desde dónde prende cada gesto de su mueca. Salen de un punto cerca de su oreja, cerca de un aro con brillante que usa todos los días. 

    -    ¿Por favor? 

    -    Bueno. Voy a descolgar la ropa y salimos. 

La ropa está en la terraza. Son solo dos pisos así que ella los hace por escalera. Entra a la casa de un salto y le hace un mimo en el brazo a Amor al pasar. Busca una bolsa donde guardar todo.  


    -    ¿No lo podés hacer después? 

    -    Tengo mi buzo colgado ahí. 

    -    Te presto uno. 

    -    Es un segundo. 


Amor va a decir algo pero ella no la deja responder. Ya tiene la bolsa en una mano y la otra en el picaporte. Se da vuelta antes de cerrar.  Ahí está Amor, y detrás de Amor, ella puede ver las copas de los árboles. Es una foto hermosa. Los árboles bailan. Se puede palpar el sonido arenoso que hacen las hojas al viento. Apuntan y tiemblan todas en la misma dirección y Amor, como un fierro salido del piso, las atrapa en su contraste. Si fuera un cuadro, no podría dejar de mirarlo. Amor tiene la vista posada en la mesa. Ella sigue la mirada: es la manteca. La dejó afuera. Amor no la toca, ni la guarda, pero debe estar imaginando cómo por dentro del papel parafinado, el pan de manteca está deshecho. Va a tomar la forma de su mano cuando lo levante, y va a ceder ante la superficie en que lo apoye.

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