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Cuentos cortos

Los cuentos cortos bien hechos tienen algo espectacular. Tienen un golpe. PLAM! y así terminan. Un puñal al pecho. Desconcierto. La necesidad de releerlo porque debe haber algo que te perdiste. Debe haber por ahí en el medio una pista, una mano enguantada que te peine los cachetes y te tranquilice y te acurruque y arrulle de vuelta a la posición pasiva en la que estabas en el sillón.  Tienen algo hasta místico porque nos hacen creer, nos logran perversamente engañar, de que así es la vida. “Me encantó porque es tal cual”. Porque simulan por el más brevísimo período de tiempo que entienden, entienden perfecto. Contienen el secreto para decodificar humanos. Es tan real el desasosiego que lo primero que nos cachetea al terminarlo es ese consuelo de que la vida es así. Que por lo menos, tenemos en la yema de los dedos, la palma de las manos o sobre nuestras rodillas, a la misma vida.  Suspiramos contraídos y aliviados, entonces, que cuando hablamos de amor hablamos de Car...

Adaptabilidad

No sé cuando fue, pero el árbol que da al balcón tiene color hoy. El techo de la ciudad tiene tantos tonos como copas. La vista no es linda, nunca fue, pero me encanta. Es como todo, si te parás en un lugar muy alto tiene gracia. El conjunto de cosas se amalgama para que cemento, escombro, pelo y polvo merezcan la pena. Desde el techo, se pronóstica 100% lluvia y no llueve. Se cuestiona a la probabilidad. La probabilidad de poder poner pantones en palabras y argumentarlos. Y los árboles contestan, en la sirena de una ambulancia. 

La gente más maravillosa del mundo/ The most wonderful people in the world

"Ahí conocí a la gente más maravillosa del mundo" Busqué con intento esa maravilla en el amarillo crema de la cera de las velas y los algodones que se llevaban un hilo del tímpano de Ovidio Los algodones no tenían un hogar una cama compartida con los turistas o un huacal propio. Las velas tampoco. aparecían, simplemente, del interior de sus oídos, de la despensa venida a menos con cajones flojos La gente más maravillosa del mundo Doña Elvira me escuchó pensar con sus pupilas negras arrimadas a la esquina de su ojo y luego de vuelta a la pila El amarillo se desparramaba en la mesa en la papa, el huisquil hervido, el maíz que desgranamos, el huevo amarillo mostaza  como el cuarto, (la mostaza) no conoce el camino a Yepocapa No así los Jocotes, de interior tierno que no llegan Argentina porque palidecen Como los algodones color crema, que flotan inadvertidos, como si no estuviesen en realidad ahí como los cacharros de grumos sucios, sin pena aceptados que arden sin tregua en la ...

Paraná 1190 v2

-"¿Cómo se pausaba esto, vieja?" El piso de madera crujió. El CD danzaba ajeno al desasosiego de Sylvia. El olor a encierro y el pegote de palabras sin decir me zumbaba en la nariz y trataba de no aspirarlo mientras tomaba mate. Al lado mío tenía una caja de cartón con más de 20 controles remotos incompatibles con cualquier televisor fabricado después del 2000. Compatibles con el del cuarto de Diego y ni siquiera. Con el agua hirviendo chorreando del termo roto, el plástico pudriéndose bajo el título "es una cuestión de mania", escuchábamos el ruido de la radio simultánea al CD player simultánea a la tele mientras el ropero escupía cada vez más cajas. Ella, enroscada en su locura. Él, ocasionalmente me miraba de reojo y yo desviaba. Desvariaba. A la caja de herramientas, a los controles, al popurrí que apareció abajo de la cama y quedó sin clasificar. Ninguno sacaba la incomodidad del: usted está aquí, en esta situación irremediable, qué le va hacer. - "...

Paraná 1190 v1

El piso de madera crujió. ¿Cómo era esto vieja? Cómo era el olor insano cuando no estaba contaminado de vejez. Cuando las paredes no descascaraban resignación, solo sinsentido. ¿Los portazos te apretaban el corazón hasta que doliera? ¿Como cuando los espejos miraban a través tuyo, sin percatarse? ¿Alguna vez pensaste si tu cuerpo cabía por las rejas del balcón? O no tenía punto y entraba en esa lista difusa de cosas que no se podía mencionar siquiera hacia adentro. ¿Cómo se sentía el tacto de una mano? El abrazo de un afuera y la comida en lo de amigas. ¿Cómo era esto vieja? ¿Era igual o era peor? ¿Alguno sobrevivió? O son cadáveres que cayeron junto con los marcos de fotos mientras se anulaban papeles. ¿Cómo era? ¿O no tuviste la valentía de preguntar? ¿O tuviste la sabiduría de no hacerlo? La bandeja de carne al horno seca, las papas gomosas, el desgano, la uniformidad que viene con el asumir que todo se repite ¿Se repetía cuando ustedes recién empezaban a despertar? Aumenta...

Se busca

Despilfarrador de horas crónico. Experto en perder el tiempo y hacer listas acabado el rato de lo que podría haberse hecho. Gozador de minutos que resbalan como vaselina por la tarde hasta formar un pilón muerto en el piso del living. Una masacre, una obra de arte sin sentido concebida para contemplar. Conocedor de la incomodidad de tocarse por horas hasta que la existencia cobra peso por culpa de la acción; y la sorpresa ante la abundancia de pensamientos que caen maduros al tacto, con un tinte de abandono que la calentura dejó enfriar.  Detective salvaje que se cuestiona por qué le resuena con tanto cuerpo la conciencia al leer la palabra verga muchas veces en un libro y mira con recelo como si alguien estuviese mirando.  Sadomasoquista por la soledad en la que se deleita, y a quien desdeña al no aprovecharse de ella y tan solo observarla hasta hacerla mirar a un costado.  Esclavo de la seducción a la que no se resiste pero con quien juguetea con pudor y luego...

NN

Lo busqué. Lo busqué yo . Al pedo. Él que me había catalogado de amiga lo fui a buscar. No lo paro de pensar. La cagué. ¿Para qué? Pero ahí estaba. Ahí me veo, acariciando sus dedos en el sillón. Tomando una cerveza en el balcón y echando sorbos a risas adormecidas. Atrapada entre reflejos de latas y botellas que  saqué yo.  "Entendí mal”, dijiste.  Y acá estamos, en la conversación que vamos a tener mañana. Pesado,  Intenso,  Manipulador,  Mezquino.  Y ahora, ¿me ignorás? ¿me querés? ¿tomamos otro vino? ¿abrimos una nueva clase de indiferencia? Vendeme el starter pack a esta perversión. Contame lo distinta que soy en un susurro popular. Hacémelo tragar de nuevo, porque no me vas a volver a hablar.   P or no ser el primero ni el último. Porque v oy a cruzar el semáforo en amarillo con o sin vos.  Te sonrío cada vez más.  Ya está. Es una pena. Te dije que no te quería perder.  ¿Me pensás? ¿Me querés? ¿Me ...

2016

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Chauchas verdes

Qué cosa. Esa cosa. La que tiene el otro. La que para tenerla se te caen otras dos, y ahora las querés más. Qué cosa la de mirar el plato del al lado. Sabiendo que esa comida no es nuestra, la tuya se enfría y  te quedan chauchas verdes nadando en jugo teñido con sal. Qué cosa esconderse entre pilones de ropa pero no cerrar la cortina del living. Qué cosa tener la última palabra y que no sea la correcta. Que no sea la correcta e irte con un piquete de letras desordenadas atoradas en la garganta con más paros que la línea D. Y qué cosa que ese mismo día la línea D esté parada, cosa que tengas tiempo de descuartizar esa última palabra hasta no tener de qué agarrarte. E inventar una palabra nueva. Qué cosa la de justificarse. La de irse incómodo por mostrar el repertorio de ideas disponibles como quién expone una maqueta sin terminar frente a una clase. Como quien finalmente la tira y confiesa que en realidad no trajo nada, se olvidó. Qué fenómeno el desmerecer lo propio. Incapaz...

Da cuerda al tiempo

Al rayo de sol le encanta un buen cuarto vacío. Se filtra por la ventana abierta, cercando las acciones, despertando a los que anhelan participar. La campera, la cama, el libro de Gay Talese en mi mesa de luz que no es mía. Las cosas son ficción hasta que la madrugada da cuerda al tiempo y el movimiento reanuda: la campera se vuelve campera, acumulando polvo, estirándose cada vez más hasta tocar el piso; la cama se vuelve cama, con pliegues rebeldes, despatarrada, esperando al sol como una musa. Y el libro levanta su tapa de papel, sutil, seductor,  para atraer un roce desde sus esquinas. En cambio ella, que es soberbia, se regodea en los pies de cada ventanal. Ronronea ante el calor que emanan. Duerme tranquila, sabiendo que no me voy a ir a ningún lado, porque vivo para ella como la campera, la cama y mi libro hasta que los descubre el sol.

Un alambre que me haga de tender

Miro por el ventanal de mi departamento, y no puedo evitar pensar que él me mira mucho más a mí que al revés. Ocupa el lugar de una pared y le da permiso a los obreros, a las palomas, a las gotas que caen de quién sabe qué aire acondicionado si no hace calor ni frío, a todos , a espiarme abiertamente. Me desperezo. Toma mucho trabajo abrir y cerrar el blackout (que tampoco tapa tanto), por eso lo dejo como está.  Un árbol me tiene cubierta. Es importante eso, porque es viernes. Es viernes, me rendí a la lluvia, y me pica la sensación de que mi ventanal se ríe. Sí o sí, se ríe.  Me ve ir y volver de una pantalla a la otra. Me ve en ese largo proceso que es relajarme. Ve como me dejo seducir por el parlante que hace vibrar el aire mientras fumo un pucho en el sillón y me pierdo. Un poco me pierdo. No se ríe por eso igual. Se ríe porque recién 12:07 am me pongo a escribir. Sabe del fin de semana largo. Sabe de la guitarra no sale de su funda hace rato y del libro que e...

Todos los días

Que traidor que es mi pensamiento. Que cada vez que me pongo a escribir Se va. Y en cuanto cierro la tapa, Vuelve a darme cuerda. No seas fóbico Dejame plasmarte Te quiero ver bien.

Carta a Facundo

Te quiero regalar palabras que tejan un puente a lo que podríamos haber sido. Charlas que emparchen el hecho de que muchas veces no charlamos. Hacerlo de forma tan minuciosa que no de lugar a duda a que hoy sería así. Y que ese camino que manufacturé sea tan tenso que al andar sobre el, no se note que debajo hay una chica de solo 15 que no sabe nadar. Te quiero pedir el tiempo que no me diste. A mí, que me dabas todo lo que deseaba antes de saber que lo deseaba, tuviste el tupé de desproveerme de algo tan  fundamental. Predijiste que el tiempo nos iba a acercar, pero ansioso, como me enseñaste a ser, te fuiste antes. Te quiero muchas veces abrazar, hasta que por una vez seas vos el que se canse de mi cariño. Aunque eso nunca pasó. Y a mí eso no me volvió a pasar con nadie. Me encantaría que me exasperes con las tantas cosas que estoy segura no estamos de acuerdo, y apilar anécdotas para ese hueco que hay ahora, con memorias filtrándose como arena. Porque aún no estando de acuerd...

Por eso

Abrís la puerta y me invitás a salir Nunca me gustó que me abran las puertas Pero te dejo Así aprovecho Y te miro Agarrar la misma salida que yo A que tu huella Mi huella Se pisen y no se toquen Y las separe una fina capa De realidad O ficción Río, Me leés y sos cómplice En un guiño Saltamos Asomamos las narices Y me olvido de vos Por eso te quiero.

Inés

Hoy sé que no me voy a olvidar de ella. Que me enamoró con sus palabras. O el don de poner las palabras “en un orden bonito”: lo más parecido a un hechizo que encontré. Así tan sincero. Así tan cercano pero esfumado. En ningún lugar.  Ella estaba ahí. Conmigo. En el presente. Pero en una línea narrativa distinta. Sentada a unos pocos centímetros que medían lo que una galaxia. Ni cuando te di un beso pudimos compartir tiempo y espacio, fue un atento en vano a que me transportes a tu planeta.  Tardé en ver que corríamos por líneas paralelas. Y que vos no ibas a mirar para el costado. Me limité a seguir tus pasos de reojo, entregada a la ilusión óptica de que tarde o temprano las líneas se iban a cruzar. Eventualmente se tenían que tocar. ¿Es que no nos podemos tocar? Me colgué a una caricia inmaterial tan real que quema. Me arde. No dudo que lo ves, pero indiferente te escurriste entre mis dedos, sin esperar a que reaccione; ya un paso adelante un poco irritada por perder...