No se hunden las paredes

 

Llegó y la puerta no estaba abierta. Malena quedó frente a su imagen en el espejo. Su pelo rubio resaltaba en el plateado gastado. Lo sacudió un poco y esperó: siempre la escuchaban llegar. Iba casi todos los días. Pero hoy la puerta estaba cerrada y nadie se había anticipado en abrirle. 

Malena agarró el picaporte. Era un picaporte decorativo, no funcionaba de verdad, como la falsa biblioteca de adentro que era un bar y otras peculiaridades de la casa. Probó tirar y nada. Miró para otro lado. Fingió estar distraída y probó de vuelta, esta vez con fuerza. El pelo se le desacomodó. Ahora Malena miraba el picaporte irritada. Iba a probar una tercera vez pero la puerta se abrió. Debió haberse hinchado por la humedad, pensó. Siempre estuvo abierta. Entró y cerró como si nada. No había pasado nada. 

La casa olía a tierra mojada. La madera de Paraná cargaba con el aroma de una inmensa selva espesa. Malena amaba eso. Respiró hondo. No había otro lugar igual. Ella había crecido entre esos pasillos como se crece en una casa del árbol, salvaje y viva. 

  • ¡Abuela llegué!

Dio una vuelta por el recibidor y esperó. Su abuela se estaría maquillando, o arreglándo. No sabía bien qué hacía en sus arreglos pero pasaba horas en el baño. Se acercó a una cómoda llena de fotografías.

Las caras eran todas familiares, aunque no podía decir que conociera demasiado a ninguna. Eran bellas. La gente de las fotos iba bien vestida. Tenían moños, peinados voluminosos y trajes de colores. Había una foto de Malena, en un traje de esquí de pies a cabeza rosa. Ella había pedido vestirse entera de pink (como había aprendido a decir en la escuela) o sino no esquiaba. Se acordaba en particular de los guantes rosas, que tenían unos parches cosidos en la cara visible ¿De qué eran los parches? Levantó el marco de fotos para verlos de cerca pero un aliento podrido brotó de él. Sintió un sabor amargo en toda la boca. El olor venía de atrás, de una raja en la pared, escondida justo detrás del marco. Malena pensó en pasar el dedo por la cáscara salida y acomodarla, en devolver a la pared su manera lisa y linda de ser… estaba por hacerlo cuando el entró el sol por la ventana. El calor le acarició el rulo de las orejas y el cuarto se volvió tan dorado y cálido que le dio sueño y se olvidó de la pared. Qué lindo era su Paraná. Un laberinto de haces brillantes instándola a dormir. Acunándola entre pasillos sin fin. Volvió a mirar la grieta que tenía enfrente: era chica, su abuela la podría arreglar enseguida. ¿Dónde estaría su abuela? Dejó el marco en su lugar, cerró los ojos y caminó a ciegas casa adentro. 

Se deslizó (porque eso hacía Malena: tenía zapatos de suelas lisas y en el parquet deslizaba) hasta llegar al comedor. Eran apenas las cinco de la tarde pero la mesa YA estaba puesta. Tal vez viene gente a cenar, pensó. Había muchos platos. Los contó: Amalia, Alejandro, Sylvia, su abuelo, pero había más. Los platos iban hasta el segundo living y se acomodaban entre los sillones de cuero, y los de hilo, y sobre la mesa de vidrio, acorralando a los adornos. Platos iguales y desiguales. Qué extraño. Eso pensó Malena. Pero se dejó llevar por la inercia de sus zapatos hacia el pasillo. 

  • Pero mirá por dónde vas, che. Que tengo que poner la mesa. 

Se había llevado puesta a Carmen Casco.

  • Pero está puesta la mesa, Carmen. 

  • Dale vení a comer, vení. Que después se enfría y te quejás. 

  • Pero son las cinco.

Carmen se quedó mirándola. Se acomodó la remera que el elástico le levantaba todo el tiempo, y siguió de largo hablando sola:

  • Que es tarde, que es temprano. Entre vos y tu abuela me van a matar. 

  • ¿Y mi abuela?

  • Hoy día cómo saber. 

Cuando llegó a la habitación de Sylvia, la puerta estaba cerrada. “Las puertas solo se cierran para dormir o cuando te vas” le había explicado su abuela una vez en que Malena se encerró a leer. Pero su abuela nunca dormía. Buscó la luz de alguna puerta entreabierta. Esperaba pescar en el aire el sonido de la radio de Sylvia prendida. 

La de la sala de la tele también estaba cerrada. Subió la escalera que llevaba a su cuarto (un cuarto que casi no usaba, porque ella también dormía poco, y aún cuando volvía tarde, le gustaba llegar y meterse en el cuarto de la tele a ver películas con su abuela, que siempre tenía la tele prendida). La puerta de ese cuarto también estaba cerrada. Todas las puertas estaban cerradas, salvo, la del cuarto de invitados.

- ¡Abuela! ¿Me escuchaste? Llegué. 

Un zumbido de chicharras recorrió el pasillo de principio a fin. No era un cuarto que usaran mucho. Era raro que justo esa puerta la estuviera esperando, pero asomó la cabeza y ahí estaba: su abuela. No estaba maquillada. Tenía puestos unos jeans azules, un cinturón con hebilla de plata enorme, una camisa floreada y en el pelo, en la parte de atrás, un rulero que se había olvidado de sacar. Malena dio un salto, y cayó en el sillón a su lado. El almohadón de cuero se desinfló de a poco. Lo demás se mantuvo imperturbado. 

  • Abuela, qué distraída -, Malena se burló, sacándole el rulero del pelo.

Sylvia le sonrió y se quedó mirándola. Malena se sentó derecha y le mostró su pelo, le mostró un perfil y el otro, orgullosa. Se lo había rebajado, y ahora tenía un mechón de color. Sylvia le acomodó el mechón detrás de la oreja y le palmeó suave el cachete. Malena primero sonrió y después escuchó la respuesta:

  • Te queda ordinario. 

Se quedó así, sonriendo, esperando la respuesta real. Sylvia se acomodó y se puso a leer el diario. El color podía no gustarle pero era solo un mechón: “mi francesita” le decía, cuando se cortaba el pelo así. 

  • El corte está lindo. No me vas a decir que no. 

Su abuela no le prestó atención. Leía. Estaría preocupada por alguna cosa del mundo, un paro en microcentro. Malena ladeó la cabeza para leer la tapa: era de hace cuatro días.

  • ¿Querés que vayamos a comprar el diario?

  • No gracias, ya tengo uno -, respondió su abuela. 

Malena hizo un esfuerzo por pensar tranquila. Dudó. Pensó en qué día era. Se pellizcó la pierna con el dedo y pensó. Era viernes. ¿Se había olvidado alguna fecha importante? El ruido de su propia respiración le molestaba. ¿Le molestaría también a su abuela? Empezó a enumerar cosas que respiraran tranquilas: las manchas de humedad, Agustín, las aguavivas, las algas. Se quedó sin. Se pellizcó un poco más fuerte. Frenó cuando su abuela acomodó el diario de un golpe.

  • ¿Hacemos las palabras cruzadas? -, preguntó. 

Malena, recuperada del susto, asintió. 

  • ¿Estás bien, mi madeleine?

Sylvia le dio una palmadita cariñosa en la rodilla. Después estiró el diario, agarró una lapicera y empezó a leer las pistas.

  • 1 para abajo, cinco letras: “Toman agua”.

  • “Beben”.

  • 2 para abajo: “Parecido al rojo”.

  • “Rojizo”.

  • Qué bodrio - se quejó Sylvia.  

Y tenía razón. La mayoría eran diminutivos o palabras conjugadas en “vuestro” o adjetivos insinuados en la misma pista. 

  • ¿Qué dice el que sigue, abuela?

Sylvia buscó con la lapicera. Llegó hasta la caricatura en el pie de página. Volvió bordeando una columna de texto y se pasó de largo el título de las palabras cruzadas. La pista estaba ahí, abajo de la otra pista, pero Sylvia (ya en la sección de pistas al menos) se pasaba de la dos a la cuatro y después a la uno. Malena dejó de mirar. Empezó a acumular pellejos sobre su pierna en un pilón. 

  • “Planeta” -, dijo su abuela. 

  • ¿Qué cosa?

  • Más atenta. Dije “Planeta”.  

  • “Orbe”.

  • No, son cinco letras.

Malena se frenó. No la quiso contradecir, su abuela siempre tenía razón, pero también “Planeta” siempre era “Orbe”. Contó los casilleros de reojo: cuatro. Al lado de ellas, en la mesita con ruedas, estaba el mate y el termo. Malena los agarró para cebar. Cuando el agua tocó la yerba, salieron montones de mosquitas volando. El mate era una sopa color verde fluor. 

  • ¿No querés que arme otro? - le preguntó a Sylvia. 

  • 4 para la derecha, “Que es adorada”. 

  • Abuela…

  • ocho letras.

  • “Adorable”.

  • A - do - ra -ble. No como vos, con esa facha.

Malena se concentró en el mate. Una mosca hervida flotaba en el cuenco sopeado. Imaginó el verde flúor entrando a su garganta y entibiándole la boca. Sintió una arcada. No era una fecha que se había olvidado, nada pasaba en abril. Tal vez realmente le molestara el pelo. Probó atarlo para esconder el mechón de color pero la colita le quedaba muy baja. Se lo dejó como lo había acomodado su abuela cuando llegó. 

  • ¿Qué te pasa, chiquita? Dale. Joue mal, mais joue vite. No tengo todo el día. 

La mosca estaba lejos de la muerte, había muerto hace rato ya. Mucho antes de que Malena cebara. La mosquita. Chiquita. Chiquita. Nada que requiera achicar para ser mencionado es bueno. Las cosas son, no son un poquito. Sylvia había dicho “chiquita” con fuerza en todas las consonantes. La “q” en la garganta como una arcada más. Se llevó el mate al pecho, como un muñeco. Sylvia se lo sacó despacio de la mano y lo apoyó de vuelta en la mesa. 

  • Mi Malena, tan linda. Perdoná, la abuela está cansada hoy. ¿No me harías un favor?

Un favor. Porque estaba cansada. Tan linda. Tragó de a poco cada parte de la frase. Su abuela estaba cansada, pobre. Malena nunca la veía cansada, pero tenía sentido que pudiera pasar. Era solo eso. Se quedó esperando el pedido para complacerla y volver a empezar el día. 

  • Pedile a Carmela que traiga unas tostadas, ¿si? Para el mate. 

  • ¿A Carmen?

  • Sí, eso dije. Andá y pedile. 

Malena amagó con agarrar el termo y llevarse el mate para hacer un recambio, pero se arrepintió. Mejor no tocar nada. Cuando Carmen trajera tostadas le podía pedir que se lo llevara. Salió de la habitación. 

El pasillo estaba oscuro. Tanto que se preguntó si afuera no habría una tormenta. No encontró sus haces de luz por ningún lado: todas las ventanas estaban grises. Un gris como si estuviera pintado y la casa fuera de mentira. Caminó siguiendo las ventanas hasta que el aire se cargó de polvo y las ventanas se terminaron. Estaba en un callejón sin salida y el la casa el doble de oscura. Todo el pasillo olía a estancado. Como las sábanas amarillas, como las almohadas viejas. Como la raja de la pared detrás de su foto. 

Se dio vuelta para volver a la parte seca de la casa. Se abrían al menos tres caminos. No tenía idea por dónde había venido, pero Carmen en algún lugar tenía que estar. Caminó recto hasta ver luz brotar de una puerta. ¡Luz! Asomó apenas la cabeza pero no llegó a ver nada. Se asomó un poco más, un poco más…y pisó una madera floja. Malena cayó de lleno dentro del cuarto. 

El cuarto estaba en penumbra, pero se podían vislumbrar los objetos. Una suerte de luz propia emanaba de las formas. Los contornos y las panzas eran particularmente brillantes. No se veía nada más. No había otra fuente de luz. Ni ventana. Ni balcón. Solo montones de objetos esparciéndose como maleza y en los espacios entre ellos: oscuridad. 

Malena se acercó con cuidado a un pilón de luz: estaba conformado por una muñeca de porcelana, vestida de blanco, con encaje y un pelo rubio que parecía real (sus cachetes de plancton le daban un aire de fantasma), un kit de peluquería con hebillas de goma brillante, ganchitos y un difusor, y un cable que llegaba hasta una caja de latón redonda. La caja estaba abierta. Un rollo analógico escapaba por el borde y se llegaba a ver un atado de fotos dentro. Unos pasos después, en otro pilón, se encontró con la cámara analógica, al lado de un marco de fotos roto y una almohada de hilos plateados. No en todos los pilones podía deducir qué había, pero sí todo le resultaba familiar y acogedor. Caminó dejándose llevar por los objetos. Un termo roto, un perro robot, una lámpara vieja, dos banquetas de pana bajas, dos pares de chinelas sobre las que crecían piernas, y vistiendo las piernas de algodón, la figura de dos señoras. Por el ruido de sorbos, tomaban mate.

  • ¿Vieron a Carmen Casco? - preguntó.

  • Escuché que se llama Carmela ahora.

Malena sintió vergüenza aunque no supo por qué. Se sintió traicionada por las paredes. Las dos mujeres rieron. Se escuchaba que eran viejas, con la risa reseca del polvo acumulado por años y más años. Tenían la risa de Ramona, una Carmen pero del campo. Malena repitió la pregunta. 

  • ¿Vieron a Carmen Casco? 

  • Carmen. Carmela. ¿A vos qué te importa, chiquita?

  • Me llamo Malena. 

  • Nosotras somos las tías. 

Los ojos de Malena se fueron acostumbrando a la penumbra y pudo dilucidar algunos detalles: las señoras tenían pelo largo, atado en un rodete, y algunos mechones sueltos que se enroscaban a contraluz. Cada una tenía puesto un delantal de cocina y collares. No se parecían a ninguna de sus tías, pero su familia era grande, y ellas eran feas. Podían no estar enmarcadas en la cómoda por eso. Su abuela era muy coqueta.  


  • ¿De quién son hermanas? - preguntó Malena.

  • De nadie.

  • O tal vez de alguien, eso no es cosa nuestra.

  • Yo soy su hija. 

  • Y yo soy su madre. 

  • ¿Pero no eran tías?


Las dos mujeres se encogieron de hombros y una tomó un sorbo de mate. 


  • Bueno, ¿la vieron a Carmen Casco o no? 

  • Sí. Vos también la viste. 

  • Pero ahora, yo digo ahora.

  • ¿A qué hora?

  • No tengo tiempo para esto 


Malena dio media vuelta para irse, pero los pilones y caminos ya no estaban. Ahora en vez de un campo de objetos había una pared y ningún lugar a donde ir.  


  • Chiquita…

  • Malena.

  • Bueno, bueno, paciencia. Vení. 


Una de las tías apoyó algo en el piso. Ese algo hizo un ruido de canica y salió rodando. 


  • Seguí el ruido. Siempre gira para el lado de la cocina. Él ve todo. 

  • Nosotras vamos mucho a la cocina, así nos hicimos amigas. 

  • ¿Amigas de quién? 


Malena ahora quería saber más. El sonido de la cosa rodante se empezó a alejar. 


  • Yo que vos me apuro, chi qui ta. No hay mucha más gente que te pueda guiar. 

  • Pero Madeleine, ¡no corras!

  • Es tan fácil perderse. Un día una está acá… 

  • y después estás allá, o por ahí. Quién sabe dónde.  

  • Hay que prepararse para esas cosas. 

  • Sabemos mucho del tema, quién sabe dónde estamos. 


Las tías rieron. Malena no. Malena corrió hasta tener al ojo cerca de nuevo. De haber sabido que era un ojo, no lo habría seguido. Habría pensado “¿de qué sirve un ojo en la oscuridad?”. Pero él tenía sus propios registros y avanzaba firme: se guiaba por el crujido de las maderas, la inclinación del piso, la acumulación de mugre. Cosas de ojos solitarios. Así fueron los dos, a oscuras inmersos en el run run del ojo hasta que, a lo lejos, apareció una ventana. Una ventana gris, alta, grande: una ventana de pasillo. ¡Un pasillo! Malena estaba feliz aunque no tuviera idea cuál de los pasillos era. Apuró el paso, de repente con ansias: tenía una dirección. El ojo escapó por una hendija en silencio. No se ofendió porque Malena lo olvidara. Cosas de ojos solitarios, era su labor. Y así era la casa: te olvidaba. Últimamente, cada vez más.


La tormenta afuera persistía. La ventana absorbía más luz de la que dejaba pasar. Malena no lo sabía (porque para ella la casa era su abuela, y su abuela era invencible) pero las ramificaciones de la casa se despertaban con la actividad. Así como un árbol está más despierto al mediodía que en la madrugada, los andares de la gente por la casa desenvolvían los pasillos. Los ampliaban o clausuraban. Había pasillos que, por falta de vida, se habían perdido para nunca más aparecer. Este pasillo Malena no lo conocía, pero seguía conectado a la casa. Lo supo porque sintió el olor, el vapor lleno de grasa, y después el aceite impregnado en el aire. Tenía que ser Carmen. Solo Carmen cocinaba en Paraná. 


Siguió la neblina de vapor tibia por el pasillo. Cada vez que tomaba un giro, el vapor se ponía más denso. La cocina debía estar cerca. En un momento el espesor fue tanto que una filmina de aceite se le condensó a Malena en la nuca. Ya casi no podía ver nada cuando de pronto, de entre la pared de niebla blanca, apareció un umbral. Y del otro lado, no la cocina, sino el comedor. Había decenas de platos por todos lados, acumulados encima del sillón y apilados en cascada. Las superficies estaban calientes. El comedor siseaba. El borboteo de líquido cayendo entre torres de vajilla le daba al aire una cualidad acuosa. Chorreaba jugo de carne con papa y cebolla al horno sobre los almohadones de hilo. Manchones deformes quedaban cargados debajo. Si Malena los hubiera apretado, habría sentido el charco de líquido tibio formarse entre los dedos. Cuando se secara, el líquido se convertiría en una gelatina blanca y trazaría tramas entre muebles, atrayendo insectos de todos los pisos. Estoy tarde, pensó Malena. Carmen ya había cocinado. Alguien ya había comido. Seguía sin saber quién. Se escuchó un portazo. ¿Carmen? Vio la puerta de la cocina recién cerrada. Sí, Carmen, pensó Malena, y fue tras ella. 


La cocina de Paraná tenía una forma particular. Al abrir, la puerta se chocaba con el mueble verde agua. Había que pasar de costado. Malena entró y buscó el interruptor. La luz blanca inundó la bacha de abajo (había dos). En la bacha de abajo había un juego de té solitario, con su plato y taza de vidrio verde translúcido. Lo demás estaba todo en su lugar, pero igual olía a sucio. Malena subió los pocos escalones que llevaban a la parte superior de la cocina: nadie. La parte superior tenía tres partes. Crecían una encima de la otra sin aire como maleza. En la primera estaba la mesa de la cocina, pegajosa pero no de comida. Una capa de pegote natural la cubría y protegía de posibles comensales. Había un trapo abandonado sobre ella, como si alguien hubiera querido limpiar y hubiera desistido. Carmen no estaba. La segunda parte de la parte superior, que Malena no hubiera podido decir dónde comenzaba pero que seguro contemplaba el área del tender colgante, era el lavadero. Olía a humedad. Desde que Malena se había enterado de que la humedad era un hongo, entraba menos al lavadero. Carmen tampoco estaba ahí. Por último,entró al cuarto de cocina propiamente dicho, con horno, hornallas, la segunda bacha y una ventana chiquita que daba a una medianera. Nada. Carmen tampoco estaba ahí. Malena se quedó mirando la heladera. Pensó con la mirada prendida en la colección de imanes que se expandía por la puerta y los costados. La colección de imanes era amplia, pero eran todos de un solo local: Las Empanadas de Manolo. Eran muy buenas. Cada vez que pedían empanadas la caja venía con un imán y Malena lo pegaba en la heladera. Se preguntó si el número de línea de Manolo seguiría en servicio. Si las empanadas todavía llegarían con un imán. Si todavía tendrían esas promociones en las que venían tantas empanadas que te obligaban a ir directo a dormir la siesta. Tal vez Casco estuviera durmiendo una siesta. Miró la escalerita: subiendo la escalerita se llegaba a la habitación de Carmen. En realidad, era como una cuarta parte de la cocina, pero nadie decía le decía “cocina” por respeto. Malena se acercó, miró hacia la boca oscura al final de los escalones y empezó a subir despacio. Puso con cuidado un pie tras el otro. En general le gustaba subir saltando, pero esa escalerita no tenía baranda y se veía poco. 


  • ¡Casco! ¿Estás ahí? 


Nadie respondió. Malena subió dos escalones más. Al siguiente escalón se lo tragaba la penumbra.


  • ¿Casco?


Metió un pie en la penumbra y subió otro escalón. Y otro. Y otro. La escalerita se hacía cada vez más angosta. Malena rozaba las paredes con ambos brazos y presentía el techo cerca. La claustrofobia le empezó a subir hasta el pecho y le fue quitando el aire. Casi se echó atrás pero no lo hizo: su abuela siempre le decía que la casa responde a uno. Uno no puede soltar su casa. Malena dio un paso más y todo se abrió. 


Casco no estaba. Pero tampoco estaba ahí su habitación. Al principio no había nada. Un polvo brilloso agujereando la oscuridad, un centelleo que no llegaba a iluminar, pero emanaba y contenía el espacio. Daba lugar a un aire amorfo y esponjoso que flotaba en el centro de la penumbra. Y debajo: una grilla. Iluminada como las calles de la ciudad vistas desde un avión. Todo el suelo estaba cubierto de líneas doradas tenues que iban y venían y oscilaban en intensidad. Una bruma de lago en la madrugada se elevaba tenue entre ellas. Era el aceite del vapor de carne. Malena estaba en el techo. Se agachó para mirar por las rendijas: pudo ver el comedor, los platos caídos, los ríos de salsa, las trazas de grasa y a Carmen Casco, deshaciendo el enchastre con una mopa. Tarareaba una canción, “¡Ay que pena, nena!” cantaba. Le quedaba mucho por levantar. 


  • ¡Carmen! ¡Carmen! 


Carmen miró para los costados, confundida. 


  • ¡Carmen, soy yo! 

  • Me llamo Carmela ahora. ¿Qué querés? 


El piso del techo estaba lleno de polvo. Malena estaba por responder pero estornudó. Un estornudo atrás del otro. Se levantaron en el aire pequeñas partículas torturadas. La luz se volvió difusa. Malena quedó envuelta en una nube de todo lo que la casa había abandonado. 


  • ¡Carmen!

  • Pero, ¿qué? ¿Qué querés? Me estoy volviendo loca. 

  • Carmen, soy Malena, ¡la abuela quiere tostadas para el mate! 


Carmen tiró la mopa con fuerza contra la mesa, puso sus manos en la cintura y gritó enojada, mirando hacia arriba, hacia la nada.

 

  • Mirá, no sé quién sos, pero que tostadas, que la cena, que temprano, que no toque las cosas, que me lleve las cosas. Si no podés limpiar y levantar la mesa, seguí nomás, vocecita, por donde viniste. 


Levantó la mopa y se puso a trabajar sobre una vertiente de caldo que crecía al costado de uno de los sillones. Malena la dejó hacer. Le tocaba, entonces, volver por donde había venido. ¿Por dónde era eso? Se paró y se sacudió el polvo de las piernas. No llegó a escuchar a Carmen quejándose hacia sus adentros:


  • Esta casa está enferma. Hay cada vez más locos. 


Malena caminó siguiendo las rendijas. El techo estaba mal mantenido y cada paso que daba se proyectaba y volvía desafinado y tenue. Paraná siempre hizo ruidos. A Malena eso le gustaba. Se acordó de cuando jugaba por la casa y rodaba su canica por el pasillo. Lo hacía solo para escuchar el sonido variar entre plancha y plancha de madera. A veces juraba escuchar dos sonidos diferentes, como si otra canica rodara cerca de la que ella había tirado. Pero eso no podía ser porque Malena solo tenía una canica. Otras veces, cuando había gente y no se podía escuchar nada, le escondía las cosas a Carmen y Carmen salía como loca por la casa, yendo y volviendo, gritando su nombre enojada. Malena la espiaba desde el hueco detrás del radiador. O desde abajo de la escalera. Si tosía o hacía ruido Carmen la encontraba. (Eso pasaba seguido porque sus mejores escondites estaban llenos de polvo y pelusa y pelos que se enredaban con el suyo). Carmen la sacaba de una oreja del escondite y Malena salía hecha una maraña de mugre y con arañitas en la cabeza. Pero nada le gustaba tanto como jugar con Sylvia. 


  • Malena, te voy a encontrar. Te conozco como si te hubiera parido. 


Escuchaba sus pasos lentos y alargados por el pasillo. Guardaba el aire. Buscaba los mejores recovecos de la casa para esconderse pero Sylvia siempre, siempre, la encontraba. Malena le decía que hacía trampa. 


  • ¿Y cómo hago trampa? A ver…


Nunca supo cómo. 


Maleno miró alrededor: su casa le era desconocida. La rendija a su lado titiló con una luz más intensa que las demás. Malena la siguió. La llevó hasta un banquito.  Casi no se veía, pero Malena lo habría reconocido en cualquier parte por su forma y sus apoyabrazos suaves y raídos. Era el banquito en el que se sentaba de chica. Lo llevaba por la casa a donde fuera. Carmen una vez había comprado una marca equivocada de jabón y cuando le pasó un paño, arruinó el terciopelo. El banquito quedó olvidado. 


Se sentó. Apretó ese mismo terciopelo y se sintió por fin anclada a algo. Algo que todavía seguía ahí, como había sido siempre. Lo apretujó. Después lo peinó, hacia adelante y hacía atrás con las palmas, respirando fuerte por la boca. Se quedó recorriendo la trama en la madera de los bordes. Se cruzó de piernas y se abrazó las rodillas: todavía cabía. Entonces se acordó. Ella llevaba a todos lados al banquito porque ahí podía empollar ahí sus tesoros. Era un gran espacio de guardado, y nadie podía encontrarlos si ella estaba sentada encima. Se soltó las rodillas, se paró apenas y tanteó con la mano debajo del almohadón: ahí estaba. La foto. Desde que tenía recuerdo, escondía esa foto de ella con Sylvia. Era su preferida y no quería que la pusieran en la cómoda. La quería para ella. La guardó en el bolsillo, acarició una vez más el apoyabrazos y siguió camino. 


Después del banquito volvía a haber paredes. Pero estas paredes estaban podridas. Tan podridas que le respiraban encima su aliento cálido y enfermo. Tenían manchas oscuras y sobre ellas crecía moho y entre el moho se escapaba madera venida a menos. Se comían toda la luz pero aún así eligió ir a tientas: más miedo le daba tocar la pared para guiarse. Avanzó despacio, muy despacio, primero una pierna, después un brazo, después el torso, hasta que su pie derecho tocó el vacío. Había llegado una escalera. 

Tanteó el primer escalón y lo bajó sin problema. Tanteó el segundo y se hundió. Tuvo el reflejo de agarrarse de la baranda para no caer, pero esta, húmeda y cubierta por una filmina aceitosa, también cedió ante su peso. Malena la soltó antes de caer, aleteó torpe hasta recobrar el equilibrio y se quedó tiesa en el lugar. No supo qué hacer. Todo a su alrededor se caía a pedazos. 


Empezó por tratar de sacarse el aceite de las manos. Dio vuelta el borde de la remera y se limpió con la cara interna. Fue peor. El moho no salió del todo y ahora también le tocaba la panza. Dando un giro tan chiquito que apenas se lo podía llamar así, buscó un trapo, algo que sirviera para limpiar. Entonces le cayó una gota. Le cayó sobre la mejilla. Malena le pasó el pulgar para examinarla: era negra. Se la acercó a la nariz: tenía olor a estanque. Miró hacia arriba. Era enorme, alargada, errática: una grieta dividía el techo en dos, bajaba en zig zag por la pared y se escapaba a través de un hueco hasta el piso de abajo. Hasta el living. Seguro, pensó Malena, hasta el recibidor, hasta su foto. Tomó aire y bajó todos los escalones dando saltos de dos en dos. 


  • ¡Sylvia! - gritó - ¡Abuela! Abuela, ¿dónde estás?


Y los pasillos se abrieron, los de siempre. Malena corrió tratando de respirar y de no respirar a la vez. Para que el vapor de carne no le entrara en los pulmones. Para que esas partículas de grasa, aceite, de costras de polvo no se le pegaran a los órganos hasta cubrirlos como si fueran un tapado. Un tapado de piel y follaje. Corrió golpeando tan fuerte el piso que no escuchó la grieta abriéndose, pero la pensó. La imaginó detrás de ella y corrió más rápido hasta ver la luz brotando de la puerta del cuarto de invitados. Corrió hasta quedar a centímetros de la puerta abierta. Cuando llegó, respiró hondo. Una, dos, tres veces. Se paró derecha. Se acomodó el pelo. Se emprolijó el cuello de su remera. Y entró a la habitación. Adentro estaba Sylvia, sentada tal como la había dejado. Tal como la había encontrado al llegar. En sus manos tenía el mate radioactivo. Se lo estaba llevando a la boca. 


  • Abuela, acá estoy. 


Sylvia no la escuchó. Ella quiso decir algo más, pero no supo qué. Su abuela hizo un puchero y con la lengua buscó la bombilla. 


  • Abuela…


De un solo sorbo, Sylvia se tomó el mate. El cadáver de la mosquita quedó sobre la yerba húmeda. Malena sintió el largo trago de agua fría bajar por su garganta como si fuera la de su abuela. Sintió la podredumbre fría y densa bajar por su pecho. 


Carmen Casco la hizo a un costado.


  • ¡¿Otra vez, señora?! Deme eso. La va a matar su despiste, y mire que a mí me debe el sueldo. 


Casco le sacó el mate a Sylvia, y así de brusco como apareció, se fue. Con mucho cuidado, Malena se sentó al lado de su abuela. El almohadón se desinfló lento. Todo lo demás permaneció imperturbado. Metió despacio una mano en el bolsillo para tocar la foto. La acarició con los dedos. Se la acordaba de memoria. Susurró muy bajo, apenas audible, con la voz rota:


  • Abuela. Encontré una foto nuestra. Es mi preferida. Estás vestida con unos  jeans azules, un cinturón con hebilla dorada preciosa y una camisa. Es esa misma camisa floreada que tenés puesta. O una igual. A vos te gusta tener ropa igual. Mucha ropa de una cosa. Ahora está rosa claro, pero era roja oscura. ¿Te acordás? Y las flores tenían canutillos brillantes de color en el centro. Algunas. Te quedaba lindo con el rubio. 


Sylvia asentía. No la miraba. Solo sonreía y asentía en el lugar. Malena sacó la foto para mostrarle. Para que se viera. La miró ella una vez más, una última vez más bajo la luz blanca del cuarto de invitados. Sylvia estaba radiante. Tenía el pelo impecable, hacia atrás, castaño, con mechones claros que ella misma se teñía. ¡Y qué alta era! Malena estaba de puntas de pie en esa foto y trataba de alcanzarla. Tal vez su abuela aún fuera alta. Hacía mucho que no la veía parada…


  • Abuela. ¿Te acordás? 


Su abuela dio un respingo leve.


  • ¿Qué dijiste, mi Madeleine? Me distraje por un segundo. 

  • Que perdón, abuela. Me olvidé de pedir las tostadas. 


Sylvia se encontró con un diario en su mano. Lo estiró. Lo recorrió hasta encontrar lo que buscaba.  


  • Tranquila, querida. ¿Vos querés tostadas? 

  • No.


Su abuela asintió, satisfecha. Agarró una lapicera. 


  • ¿Hacemos las palabras cruzadas?


Malena dijo que sí y se abrazó las rodillas. Se acostó sobre el respaldo del sillón y con los ojos cerrados escuchó a su abuela recorrer el papel con la lapicera. 


  • 1 para abajo, cinco letras: “toman agua”.


Vio como una mancha negra crecía por el pecho de su abuela, y su garganta de agua verde, hasta llegar a su cabeza. 

  • “Beben”- respondió.

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