Monasterio Francés
Arrancó un auto en la isla
Entre piedras emblandecidas,
bloques gruesos y granito
Las paredes permitieron que pase el sonido bajo una capa de moho, una admonición.
Unos segundos antes
un hombre, había tocado el moho
y pensado que nunca
había tocado nunca
nada antes en su vida.
Había tocado el color verde,
algas lejanas que hacían uh uh uhuu,
como las palomas,
y el bosque se había acercado.
Tocó también con sus yemas
a un monje lejano
los rezos desbocados.
El alga marina le susurraba desde lejos
y lo teñía-
Eso era tocar.
Pero entonces reverberó la pared
el runrún lejano de un auto
acercó el hombre al muro.
Necesitó apoyar la oreja
donde los murciélagos acumulan rabia
y el silencio, como voces, come luces, come soles, como almas hechas un charco, demora
para escuchar el murmullo del monje erguido
El muro se hablaba a sí mismo
retumbaba
se apilaba en pasillos donde en una ocasión
había aparecido El Señor
y El Señor ya había dejado pasar el sonido del motor
El viento chirriaba y lo potenciaba,
soplaba enojado para derribar la pared
en un choque mecánico.
Las confesiones esperaban a que pasara,
limpiaban las habitaciones con el aire de mar
y la espuma atrapada en grietas...
Pasó el embriague,
El acelerador
y el hombre,
por unos segundos,
sintió miedo
El miedo de un castigo divino
un pasado medieval
derrumbándose
fuera de alcance
por un acantilado
mientras pasaba ese único auto en la isla
Apretó un puño,
y pensó
que hasta donde a él le concernía
el auto podía arrojarse también
y dejarlos rezar en paz.
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