Gotas de araña

 

La lata está sobre la cornisa. Suda. Las gotas caen sobre la superficie, se estancan y queman. Caen lento, como las arañas. Las arañas cuando bajan del techo frenan su hilo a mitad de camino, porque sí, y después se deslizan. El calor me funde el short a la piel, como me fundo yo a la cornisa. Lo tengo pegado a las piernas pero igual brilla. Me pregunto si mi contorno también brilla. De qué color me veo de afuera. Busco las nubecitas blancas de los veleros surcando nuestro río mar. Querría preguntarles, pero están.

Vine a la costanera porque Malena alguna vez me habló de las golondrinas. Dijo que siempre las viene a ver. Que la hacen olvidar que vive en una ciudad, con personas y camiones. Por ahora no vi ninguna. No vi animales y hay poca gente también. Debe ser que el piso quema. 

La cornisa marca la frontera de la ciudad: yo tengo una pierna de cada lado. En la baranda del balcón francés de mi casa, mi hermana también. Esperando. Ya vuelvo, le dije. La casa estaba oscura con el olor de las cajas de ropa de mamá. Su ropa tiene un olor que tarda varios usos en borrarse. Huele a un limpio de lavanda y naftalina al que ella nunca olió. Dicen que el tiempo tarde o temprano se lleva todo, pero acá no hay tiempo. Acá todo se lo lleva la costanera. Sus arroyos se escapan de la ciudad por una avenida y caen sobre las piedras. Arrastran el tiempo hasta el fondo de la orilla contaminada. Hacia los espirales tornasolados que se chocan en la superficie y dejan estelas de espuma turbia. ¿A dónde se esconden las golondrinas?  

    - Si la seguís mirando fijo, te vas a quedar ciega —me dice el pescador señalando la lata.

Me siento más erguida. Tengo el cuerpo dormido como los colores del día. Están pausados: el pigmento se evaporó por el sol de mediodía quieto. Me fijo, por si acaso, pero mis shorts siguen siendo verdes. Me encantan porque son holgados y los puedo arremangar. Pero de afuera, ¿tendré los colores de la orilla? ¿El sol sabrá que voy de verde? Yo podría ser, desde arriba, una planta más creciendo en una grieta. Estoy a unos metros del pescador, que pesca apoyado en la cornisa, y a una caída en picada del agua. El pescador saca una mano de la caña y busca dentro de la heladerita de telgopor que tiene al lado. Sin perder de vista el horizonte, saca una lata. Se la acerca a la boca. Me encantaría pedirle un trago. Le quiero decir, despreocupada, ¿no me das un trago? Pero no me sale. Apoyo toda la palma sobre la cornisa. Presiento la napa de agua debajo. Tal vez si apoyo más que la mano, la espalda entera en la cornisa... 

    - ¿Vos sabés dónde están las golondrinas? —le pregunto al pescador. 

El pescador se da vuelta y busca. Se pone una mano de visera para hacer sombra y ver mejor. Atrás nuestro, a unos metros, pegado a la calle donde empieza la vereda, hay un container. Entrecierra los ojos, como si fueran a estar dormidas adentro de ese bloque de chapa. Es de un compañero internado: el pescador lo está cuidando y vive ahí. Está destartalado pero brilla. Lanza destellos blancos como una calcomanía al sol. Parecida a las que tengo en mi termo. Me habría encantado traer el termo, pero habría tenido que entrar a la cocina, donde estaba mi hermana. No me habría dejado salir. Lo internaron por urgencia, pobre, me dijo el pescador. Pobre. No le pregunté dónde está internado, solo conozco un hospital y nunca fui, aunque me insistieron. 

    - En fin —dice, y concluye su búsqueda.

No las encontró, pero su atención atrajo a unos perros que salen de a uno del mismo container que podía contener pájaros. Cinco. ¿Tan grande es? De afuera no parece. Me los presenta uno por uno: Taison, Lucas, Fido. ¿Fido? ¿Fibo? No llego a escuchar el nombre de los demás. Los veo acercarse por los hilitos de corriente que vienen de la ciudad. Me olfatean. Parezco carroña al sol. Perezco carroña al sol. Ahora que los tengo encima, ya no sé el nombre de ninguno. Es difícil acordarse porque no son nombres que tengan que ver con cómo son, que es la gran ventaja de nombrar a un perro: ponerle un nombre indicativo. Si salta, se llama Brinco. Si tiene manchas, se bautiza Mancha. Las cajas de casa están cerradas con cinta de embalar y nombradas bajo etiqueta: donar, regalar, guardar. Muchas quedaron abiertas porque no sabemos qué hacer. Mi hermana me mira, esperando que decida algo. Esperando que al menos me ponga a doblar ropa y embalar también yo. Pero a mí no se me ocurre qué nombre ponerle a las cajas. Son todas iguales.  

Uno de los perros se trepa a la cornisa al lado mío. Se queda con el hocico hacia el precipicio. Lo bautizo Marea. Es el más feo de los cinco. ¿De qué color ves el agua, Marea? ¿Sabés que mi short es verde? Los demás perros van y vienen ladrando sin dejar que nadie los toque salvo los pocos turistas. Marea me deja tocarlo y lo quiero. Yo lo veo como marrón, pero dorado.  

    - Eso les enseñé yo — me guiña el pescador mientras uno de los perros trae un turista. 

Los turistas no saben bien cómo acercarse al  pescador y hacen preguntas como "¿Y eso después lo vas a comer?" Yes, yes, responde el pescador y se frota en círculos la panza con la mano. Yumm. También hacen otras preguntas, pero él responde yes, yes. Marea me empuja con su hocico. ¡Cuidado, Marea! El agua me mueve. Todo el tiempo me tengo que acomodar o me voy a caer. Haga otra cosa, Marea. Busque las golondrinas, busque, busque. Yo voy a buscar por acá. Aunque el sol está alto y el agua demasiado brillante. Una baba densa que escupe luz blanca. Imagino que debajo del brillo se vuelve cada vez más marrón. Se espesa con la mugre que trae la ciudad. Es la mugre de mi casa también. Cuando mi hermana fue a buscar la cinta de embalar, me escapé y dejé la puerta abierta. 

    - Yo antes me bañaba en el agua. Ahí, donde está esa boya — dice el pescador. 

Asiento. Le creo. Por qué no, si ya venimos con toda el agua encima desde antes. 

    - ¿Ya no se mete? 

    - Tengo que pescar.

Asiento de vuelta. La pesca es algo de todos los días. Todos los días el pescador se levanta en el container y tiene que pescar. 

    - Me dijeron que había golondrinas.

    - Las hay.

Una madre pasa con su hijo de la mano. Veo las gotas de su brazo deslizarse hacia él. No les llego a ver los colores, son difusos. Se ven cansados. El bracito del hijo va tirante mientras el pecho se le va al piso. El calor lo hace caminar cada vez más cerca de la tierra. Las rodillas cada vez más en cuclillas. Por poco se arrastra. Sus shorts son verdes también. Como los míos. No me acordaba de lo grandes que me quedaban estos shorts. Tengo toda la pierna envuelta en tela caliente. Me caen gotas que se confunden con insectos. Con arañas cuyos cadáveres busco y no encuentro. De la nuca a la espalda por el brazo por las piernas. Se multiplican adentro de mí. Cuando levanto la cabeza, el pescador me está mirando. 

    - Es gracioso, ¿no? —me dice. 

Su frente está llena de gotas de araña. Las siento encima. Agarra su lata y brinda. Busco la mía, para brindar también, por cortesía. Sigue clavada a la cornisa. Me sorprende que siga ahí, firme donde la dejé. La sacudo y escucho un fondo tibio. Pesa menos de lo que me acordaba. Como la hilera de latas abiertas sobre la mesada de la cocina. ¿No vas a limpiar esto? Me insiste mi hermana. Le respondo que las ponga en una caja, que tanto le gustan. Apoyo de vuelta la lata y me acuesto. Me olvido de los huevos de araña que están por saltar de los poros del pescador. De espaldas solo veo el cielo. La nada. Un celeste que podría ser un techo de chapa. Le pido bajito al calor que si quiere, solo si quiere, me lleve si quiere. El cielo, tan vacío, debe tener hambre. 

    - ¿Cómo vuelan las golondrinas? —le pregunto al pescador.

    - Caen. Yo no vi nunca una golondrina volar. Se desploman. Las llama el fondo, donde es frío. Será el calor. Fijate si no me creés. Asomate—me responde. 

Busco sobre el hombro a las golondrinas. Busco su panza blanca. El mismo color que los barcos sobre nuestro río mar. Su cuerpo azul, cayendo en una picada vertical hasta que lo atrape el fondo. No hay ninguna. Alguien me dijo que había golondrinas en la costanera. ¿Quién? Marea me llora al oído. No pasa nada, Marea, le digo. Pero se aleja. Va en dirección al container. Se sienta ahí, donde no está sola: otros cuatro perros me vigilan. Están quietos, pero sin duda me miran. El pescador, muy brevemente, despega la vista de su tanza holgada para dirigirla hacia mí también. Me mira como mira al horizonte mientras pesca: me atraviesa. Soy un vacío que las arañas aprovechan para tejer su tela. Siento una araña caer de mi axila hasta la cintura. Recuerdo las que viven en los pliegues de la pared de casa, en las esquinas. Las que arman telas para esconderse detrás, pero que son muy pequeñas para atrapar un insecto. Deberías fumigar, dijo mi hermana, pero si fumigo, se van todos los olores. 

    - ¡Charco! —grita el pescador.

Charco está mordiendo una reposera en la puerta del container. Clava sus colmillos de a sacudones violentos hasta hacer crujir el esqueleto de plástico y metal. El pescador deja su puesto y amaga una patada en el aire. Lo ahuyenta, pero decide no volver. Se acomoda en su reposera ladeada a mordiscos. El silencio se espesa. Debe ser el agua. El agua lo llama y el silencio se estira, mudo, hacia el costado, hacia la caída en picada. Me imagino a las golondrinas, cayendo en ese mismo silencio, desesperadas. El pescador me chista desde su reposera. Me está diciendo algo, pero el agua en el aire diluye los sonidos. Le pido que repita. Me mira muy serio.  

    - ¿De dónde sos? —grita.

No espera a que le responda: entra al container, saca otra reposera, la abre y la deja a su lado. Los perros se acumulan alrededor. Mi hermana dijo que cuando vuelva tengo que llevar la cena, que si hay que quedarse hasta la madrugada habrá que quedarse. Que me quede en silencio todo lo que quiera, pero ella de la casa sin todas las cajas cerradas no se va a ir. 

Voy hacia el pescador. Mis pasos son muy chiquitos. Voy enredándome en la tela verde del short que se me pega y chorrea por debajo de mis rodillas. Estuve sentada mucho tiempo y mis piernas se sienten raras. Los arroyos se meten entre mi ropa y me ralentizan. Voy contracorriente. A veces me pregunto si mi hermana, siempre en saco y camisa, sabe sentarse a la sombra. O si tiene esa capa de aceite, como la de los animales o el agua de la costanera, que la separa de todo.

Antes de que llegue a la reposera vacía, aparece un José. ¡José!, le grita el pescador, y José se sienta. Me quedo parada frente a él. José se agarra una lata de la heladerita. Se rasca la pierna. Se sube un poco el borde de la bermuda en cada rascada. Abre la lata y le pregunta al pescador por la pesca. No espera una respuesta. No hay cosas para decir sobre la pesca. Se quedan mirando el horizonte pero en el medio estoy yo. No parece importarles. Me miran a mí, que tengo toda la ropa pegada al cuerpo por las arañas. Dudo. Me siento con los perros. El pescador busca hacia atrás con la mano y acerca puñados de croquetas para darles de comer. Saca un puñado para cada uno y al final saca una lata más. Me la acerca a mis pies y la apoya pero no la suelta. La tiene sostenida de los bordes con la yema de los dedos. Me mira pensativo desde arriba.

    - Y, ¿sabés de dónde?

No sé qué responderle. No sé su nombre, tampoco. Pescador es su nombre indicativo. Yo sabía el nombre del pescador cuando llegué. Siento que abro y cierro el pico para responderle. Finalmente él se lleva la lata a la boca, bebe un sorbo y se acuesta en la reposera. La lata es para él. Me amucho a los perros. Murmuro el nombre de Marea porque no la encuentro. Ninguno responde. Se lamen entre ellos. Miran el cielo hambriento. Me dan sus espaldas. Los dos hombres, atrás mío, hablan. 

    - ¿Vos pescaste, José?

    - Lo de siempre. Mucha agua hoy. 

Se ríen. Me pregunto si tal vez se inundó la ciudad. Si crecieron por demás los arroyos, y por eso estos hombres de pliegues acuosos y uñas rellenas de carne seca se me enciman. Estiran sus piernas y me veo obligada a correrme de vuelta. Mi cuerpo toca el agua sucia que arrastra con ella a la ciudad. Miles de arañas entretejidas navegando en hileras. Un perro se para y las pisa. Marea, ahí estabas, Marea. ¿Por qué me dejaste? No me reconoce. Corre detrás de un niño. Corre lento, por la cantidad de agua que hay en el aire. El niño camina despacio con la madre. Con el bracito tirante mientras el pecho se le va al piso. El calor lo hace caminar cada vez más cerca de la tierra. Las rodillas cada vez más en cuclillas. Por poco se arrastra. Sus shorts son verdes. Yo tenía unos así, verdes. Marea trata de lamerle las arañas del tobillo. Se me vienen a la cabeza muchas cajas. Una por una siendo despachadas por una ventana. Haciendo chocar a los taxis con vestidos pegados al parabrisas y tacos partiendo sus faroles y mi hermana intentando gritar mi nombre desde el balcón de una ciudad que se ahoga. Pero primero grita el de mi mamá. 

    - ¿Otra, José?

    - No, paso. El día ya pide otra cosa. 

Uno de los perros me gruñe. Me abre la boca para mostrar sus dientes y suda y las arañas salen, saltan hasta el arroyo que crece debajo nuestro. Shhh, quiero decirle, pero mi lengua está pastosa. Mi paladar se siente duro. Como si no estuviera hecho de piel, solo de grietas. José se para y se despide. Antes de desaparecer, se agacha para mirarme a los ojos.

    - Es una pena —le dice al pescador, y se va.

El pescador me mira y hace no con la cabeza. El sol está bajo y llego a ver poco, pero es realmente una pena, al parecer. José se vuelve pequeño. El arroyo se lo lleva lejos. Había un lugar donde tenía que estar, pero no me acuerdo qué forma tiene. Rasco el piso, me sacudo, trato de sacarme las arañas que tengo entre la piel. El pescador se agacha. Se acerca para ayudarme y me acaricia la nuca. Me acaricia el pecho, despacio, con el pulgar. De arriba hacia abajo. Con esas plumas no vas a poder subirte al auto, me dice en voz baja. Aleja con una mano al perro que gruñe y se lamenta. 

    - Sh, sh, Taison. Calmado.

Trato de pararme pero me caigo. No conozco estas piernas. Me vuelvo a acurrucar en el piso. Tal vez en el container haya alguna caja en la que me pueda meter. El pescador pareciera que me lee la mente porque me explica: en los containers solo viven pescadores. Pescá algo primero. Me aúpa en sus manos en copa y se para. Me dice algo más, pero ya no le entiendo las palabras. Las veo moverse en su boca pero no las reconozco. Me lleva entre sus palmas hasta donde abandonó su caña. Los perros se amontonan alrededor nuestro. Saltan e intentan morderme y él me eleva un poco más. Se nos pega un silencio hecho de baba. Denso. Me acerca a la cornisa y estira los brazos hasta dejarme flotando por sobre el agua. Me acomoda para que antes lo pueda ver. No sopla viento. No hay colores. No hay nada. Ni nadie. Es una pena. El piso se abre. Sus manos las abre. Por primera vez en el día corre el aire, y no vuelo, caigo.


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