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Mostrando entradas de octubre, 2025

Todas las sillas son de papel / Every paper chair

No había más lugar  Estaban tus amigos  (había uno por baldosa) y estaba tu madre en la losa grande No me olvido  De tu madre no (y eso que he sabido olvidar) Pero tu madre era como arena me seguían sus ojos  el color como movedizo A veces recorro la extensión de un pasillo y pienso en las arrugas de las dunas apiladas a los costados traídas desde algún lugar lejos sonando en la tapa de todas las sillas de papel ¿Cuándo dejamos de hablar de esas cosas? En ese entonces era de noche no había donde pararse en la sala, en la cocina  al lado de los cuchillos  entre jarras de agua con sabor a cloro y el gramaje escaso de las sillas Yo me quedaba en cuclillas  tratando de sostener un cuerpo sin manos estaba llena de cosas en las manos de cuáles cosas tu prima poli hablaba y hablaba ella hacía reír a todos  y yo abría la boca  se sentía extraña mi boca cómo ella vería mi boca  Ella,  que le sacaba perlas a los dientes  y los dientes se...

Monasterio Francés

Arrancó un auto en la isla Entre piedras emblandecidas, bloques gruesos y granito Las paredes permitieron que pase el sonido bajo una capa de moho, una admonición.  Unos segundos antes un hombre, había tocado el moho y pensado que nunca había tocado nunca nada antes en su vida. Había tocado el color verde, algas lejanas que hacían uh uh uhuu, como las palomas, y el bosque se había acercado. Tocó también con sus yemas a un monje lejano los rezos desbocados. El alga marina le susurraba desde lejos y lo teñía- Eso era tocar. Pero entonces reverberó la pared el runrún lejano de un auto acercó el hombre al muro. Necesitó apoyar la oreja donde los murciélagos acumulan rabia y el silencio, como voces, come luces, come soles, como almas hechas un charco, demora para escuchar el murmullo del monje erguido El muro se hablaba a sí mismo retumbaba se apilaba en pasillos donde en una ocasión había aparecido El Señor y El Señor ya había dejado pasar el sonido del motor El viento chirria...

Gotas de araña

  La lata está sobre la cornisa. Suda. Las gotas caen sobre la superficie, se estancan y queman. Caen lento, como las arañas. Las arañas cuando bajan del techo frenan su hilo a mitad de camino, porque sí, y después se deslizan. El calor me funde el short a la piel, como me fundo yo a la cornisa. Lo tengo pegado a las piernas pero igual brilla. Me pregunto si mi contorno también brilla. De qué color me veo de afuera. Busco las nubecitas blancas de los veleros surcando nuestro río mar. Querría preguntarles, pero están. Vine a la costanera porque Malena alguna vez me habló de las golondrinas. Dijo que siempre las viene a ver. Que la hacen olvidar que vive en una ciudad, con personas y camiones. Por ahora no vi ninguna. No vi animales y hay poca gente también. Debe ser que el piso quema.  La cornisa marca la frontera de la ciudad: yo tengo una pierna de cada lado. En la baranda del balcón francés de mi casa, mi hermana también. Esperando. Ya vuelvo, le dije. La casa estaba oscura ...