Hablar en un entierro es hablar tarde

 

En la bahía flotan témpanos lentos, arrastrados de los glaciares a la orilla. Los vemos desde arriba, cruzando el paso. Azules y blancos. Toni me pregunta si es ahí. Sí, es ahí. Hay que seguir el olor a viento, cargado de días de andar. Bajamos haciendo formas como las nubes y los puentes y los túneles y los truenos. 


En la bahía flotan témpanos abandonados que su madre rompió. Se quebró en llanto y los turistas se dieron vuelta impactados. Corrimos a verlos caer. Los glaciares no caen en silencio: lo generan. Su propia carne los desplaza, se les cae la piel en el campo. La pintamos para llevarla con nosotros a cuestas, en la espalda, porque no la podemos tocar. Nos conmueven sus gritos. 


Toni pinta su llanto en papeles apaisados. El gramaje es tan grueso que se parece a una corteza, pero del mismo blanco que el glaciar. Le pido si me regala alguno para mi casa. ¿Querés acarrear con esto allá también? Hago no con la cabeza y me siento al lado. No quiero perderme su torso. Nada más. Cómo alza sus brazos, como nosotras, entrando al agua que se rompe. Quiero hielos como uñas. Huesos hechos témpano. Una casa con los brazos levantados. Desgastarse, Toni, ¿no querés? 


Asiente. El agua es fácil de pintar, no corre. Llega a fuerza de cortes y deslices. Brilla muchísimo. Tanto que las demás formas y colores se pierden. Solo se escucha con nitidez los témpanos y las piedras que se revuelven en la orilla. Pero el agua no se escucha. Blancos y azules, parte por parte una muerte de a poco. Arremetida contra las piedras. Toni se para y se ve a la carpa a llorar. Deja las acuarelas mojadas. Una gota violácea lo quiere seguir. Salta del pincel a la piedra y cae de a poco como una babosa. El agua no corre, se desliza justo para llegar y se disuelve. Me paro y lo sigo. No por él, por hambre.


Hay un claro con una ventana al lago. Los árboles dejan huecos y hacen curvas para no perder de vista el agua. La tarde duerme. Tal vez sea por temor que las carpas le dan la espalda: la orilla está plagada de témpanos. Su saliva se despereza lento en el aire. Es la carne. Su carne se rompe pero el sonido viaja mucho más rápido que nosotros, que pisamos descalzos. No llego a ver. Corro desde la carpa esperando nubarrones amoretonados, amontonados, abismos. Dejamos sisear a los anafes casi prendidos. ¿Toni, me pintás? Con la cara llena de pintas. Con esta tormenta que se me pega a la cara. Así. 


¿Qué tormenta? No hay viento, ni pegote, ni tormenta. Hay rugidos y olor a seco. Un cielo clarísimo. Levantá las manos, que te ves parecida a las tormentas. Estás ciega. Cantá resolana, con la boca abierta llena de gotas. Solo quiero que seas feliz, que te libres de mí, que recobres la fe. Y los témpanos se acercan. 


Nos quedamos de guardia. Atentos al aura de un rugido, antes de que los témpanos caigan. Los entierros son importantes. Los cuerpos. No para mí, pero para otros. Cuando se está bajo el agua, el viento brilla, aún de noche, y los blancos son más blancos. Los témpanos se alimentan de ese agujero que los traga. Chupan de ese vacío. Se vuelven un azul secreto, su mitad ahogada. Los témpanos duermen. Los anafes también. Veo, veo. No se ve nada, Esme. Hasta el bosque se queda callado. Las piedras de la orilla se revuelven. Drenan la evidencia. Dale, Toni, jugá. Aunque no puedas pintarlo. La muerte no es algo para pintar.


El hielo se parte desde adentro. Está concentrado. Está flotando. Es ligero pero igual. Pero aún así. Ay, los témpanos. Me quedo hasta el final con la chica de las rodillas abrazadas. Mamá, ¿por qué el témpano de ayer no está? No todos los muertos se quedan, mi amor. Pero aún así, la chica se aprieta las rodillas mientras los témpanos se rompen desde adentro. Revientan. Por eso se escucha tan fuerte. Se escucha de lejos. Se escucha desde el paso. Llega al nido de cóndores en Laguna Toro. Se abraza confiada, como si por tener piel, por tener dedos, por no estar agujereada boca abajo… Toni, ¿me dibujás? Así con los brazos levantados, antes de que me canse. 


No se vayan. La chica sabe de árboles y de sopas. Conoce los colores de las piedras y pasó la tarde mezclando acuarelas para que el cielo se fuera a dormir y pudiera salir mañana. No por nada se queda aunque el pelo le peine los tobillos. Aunque lleve un susurro de montaña en el cuello que se sacude, o enreda o le habla porque quiere. No cambia que te agarres de las rodillas. No. En la bahía flotan témpanos. Muchos. No están quietos. No los vemos moverse. Nos piden que nos quedemos porque ya nos conocen.


Mi abuela dice que no se habla en los entierros. Hablar en un entierro es hablar tarde, dice, pero me saco la ropa y corro al agua. La chica insiste con que me voy a morir. Me sigue hasta los cachos de hielo. Los alzamos y desplomamos para hacer añicos y espuma contra las rocas. Les hablamos. A esos bloques de cristales. Esos castillos desiguales. Invertidos, agujereados. Refugian nada entre sus picos y cuevas y se derriten boca abajo cerca de la orilla. Mis palabras ya no me gustan. Todos los colores del bosque a la noche me aprietan contra el pecho. Me tiembla todo el cuerpo. Su madre se rompió a gritos. El municipio construyó andamios. No sabemos que gritan. Sí sabemos, Toni. Lo pintaste. La sangre no corre. Estoy blanca. Y azul. Y violeta. Mis labios violetas. 


Mamá, ¿por qué estás violeta? Siempre fui violeta, mi amor. Mi florcita silvestre, amontonada, amoretonada, acurrucada a mi cintura. Vení. Dormite. El aleteo de la carpa nos hace arrorró en un ruido blanco que Toni no puede pintar porque el ruido se mueve. Acomodo las nubes que se desplazan. Las arreglo para que se vean como antes, unos pasos antes, a la tarde en la montaña. Bajando por una pausa con lugar para uno. 


La resolana tiñe todo de un solo color. El sol nos esculpe el torso con calor y aire y cincel y pincel y piedritas que se acomodan en la orilla. Si no hay sol las cosas se caen. Las sogas no dan sombra: se prenden a las ramas de arbustos y nos llevan por acantilados sin fondo. No se pueden trepar. Están en la pausa de los glaciares. Pero yo levanto los brazos igual, un témpano, dos. Mi propia carne me desplaza. Miro al techo que llevamos a cuestas. 


Toni, ¿me regalás una? Una acuarela sola, para llevar a casa. La carpa brilla. Las frentes se tapan con manos. El bosque está prendido. La carpa se desinfló. La bahía nos invita a irnos. Ya despertaron los anafes, las gotas violáceas, los labios tienen color. No hay resolana que nos proteja. Las rodillas no van envueltas, van rompiendo el aire. El mismo que esculpe a los glaciares. El que acomoda las piedras. El que sopla en esa pausa que nos mata de a poco, muy de a poco, bajo el sol.


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