A qué huele a seco

Las estacas tintinean sin parar en el baúl. No me di cuenta del ruido hasta que agarré la autopista. Voy con las ventanas bajas y la 9 de Julio flota por encima de todo. Lobos no queda tan lejos. 

¿Qué hay en Lobos? Me preguntaron. No sé. 

Voy con la mirada fija hacia adelante. El parabrisas me hipnotiza. Me arrastra por los pasillos de autos inmóviles que se hunden en picada. Voy hacia las líneas de distorsión térmica que los traga al final. Nunca alcanzo las líneas. Nada me traga a mí más que el parabrisas y el tin tin tin de las estacas que toman forma en los espejismos.

Hubo instancias para arrepentirse. El tin tin tin me recuerda a ese tan tan tantas instancias que aún ahora, sigue habiendo. Encuentro vacíos para sentarme y posponer en las banquinas. Hay cosas que hace falta hacer cuevita con la mano sobre la frente para mirarlas. Pero el calor insiste con su peso blanco y no deja pensar. Quema el color del camino y nada brilla. No hay amarillos, ni rojos ni hay azules en el cielo. El día es tan blanco que perdió su pulso. Me abre paso por este pasillo de metal caliente que hierve la tierra y seca la laguna a la que me dirijo. Tal vez para cuando llegue no sea más que un charco. 

Hacía calor, olía a seco y estaba abajo de un toldo mirando el pasto quemarse del color que, años después, nos íbamos a quemar el pelo. Esperando que pasen las horas que se hinchan entre el flan y el pan con manteca y el dulce de leche de la tarde. Todavía faltaban un par de ratos porque el delantal de Ramona seguía colgado del borde de la puerta. Miraba primero el toldo y después el cielo detrás, que volvía el plano del toldo borroso, pensando en que son mucho mejores las meriendas con pan francés y no galleta. Ojalá no toque pan galleta. 

Andábamos siempre con hambre, pensando en panes blandos sin tostar, sentados alrededor del pozo ciego con tapa entre los eucaliptos, preguntándonos si realmente no tendría fondo. Y si caer implicaba morir o quedar atrapados. 

Pienso en esos árboles con piel seca. Blanca. Con hojas frescas pálidas hasta que les pasaba un dedo con saliva. El piso cede y se deja agujerear. Tengo las manos llenas de tierra. Está todo húmedo pero igual me quedan capas de barro incrustadas en las palmas. Me duele empujar hasta que solo queda el gancho. Termino el trabajo de fijar la carpa con el pie. Las callo hasta el domingo. Si es tan fácil clavarlas, no deberían servir para evitar que me vuele. 

Se percibe, de lejos, la cumbia de las demás carpas pero es un susurro. Podría ser una distorsión térmica de los árboles. El rallador podría ser una horda de grillos que se acerca para entrar a la carpa. Están esperando a que alce el cierre y meta la bolsa de dormir. Están esperando y no los voy a poder sacar. Van a rebotar por todos lados.

Me acuesto en el pasto con la cabeza sobre la bolsa. Desde donde estoy no se ve la laguna, pero se intuye. En la entrada del complejo un enjambre de madres baja de sus autos y sacude las piernas impacientes por el viaje. Arrastran a sus críos del brazo y les esparcen protector solar por la cara a medias. Sudadas y pegoteadas por el calor, sin ganas de esparcir protector solar mientras sus esposos, hermanas, quien las acompañe, va a pagar la entrada y estacionar. 

Aunque fuera un pozo recién hecho, la tierra que me quedaba bajo las uñas siempre estaba seca. Lamerlas y explorarlas con los dientes me daba una sensación de seseo que al tacto sonaba a seco. Sentía una S dentro mío y me daba escalofríos por todo el cuerpo. Erizo. Un erizo del que no podía escaparme porque tocar cosas era lava, y tocarme era lava, pero uno no puede no tocar cosas. Se está en contacto todo el tiempo. La única salida era despellejarme los dedos hasta sacarles el polvo y las consonantes que me dejaban en carne viva. O tratar de humedecer las yemas desmechadas que seseaban sin parar. Iban rozando superficies. Dejando estelas invisibles por sobre los ladrillos, los mosquiteros con bichitos ahogados en sus entramados de alambre y las ramas de eucalipto siempre a mano. Iban arrancando puñados de hojas y acovachando cortaduras al son de un abecedario de letras prendidas fuego.

Llego al almacén. Saco una banana del estante y busco una cerveza en la heladera. No sé si quiero alcohol, pero es parte de un “momento”. Busco algo que contenga el rato. Que le dé forma, así el tiempo dura lo que una cerveza. Lo fragmento para guardar en la mochila y acordarme. Para ofrecerlo cuando me pregunten qué hice en Lobos.  

Me paso la lata por las manos. Ya sé que calienta la cerveza, pero peor es seguir con las manos así. Trato de humedecerlas para que los pellejos no duelan. Trato de abrir la lata para dar comienzo a algo. 

En ese entonces comerse viva no era ansiedad, era seco. Era clima árido, aburrimiento y la falta de cremas humectantes que a nuestros ojos eran cosas de adultos. 

La carpa queda sola a lo lejos. Encaro para las mesas comunales. O mejor voy para el muelle. Bajo el muelle hay sombra porque el agua se contrajo hasta dejarlo en ridículo. Es un muelle mitad puente que se queda corto y mira apagado al estanque. Lo esquiva. Podría haber olor a verde, pero no lo hay. Tampoco hay mosquitos que me piquen. Me deshago de un par de telarañas que se esconden entre astillas de madera podrida y me apoyo sobre un poste. El calor no pesa, se filtra, y el techo de maderas blancas roídas es impermeable. Mástiles abandonados me refugian de un calor que aplasta.

Así nos desintegrábamos bajo el toldo, con mis piernas de eucalipto empolvadas y el pelo opaco indistinto a si me bañaba o no. Pensando en cuántas cuadras tendría Banderaló. Pensando en la farmacia. En sus gomitas de pelo con dijes de plástico. Gomitas múltiples multicolor, todas en una. Cepillos de pelo con espejo. Ganchitos para hacer peinados. Tal vez algún caramelo en el mostrador. O una hebilla de las que tienen gelatina que después arrancamos lento a mordiscos. Mordía la hebilla para que corriera sabor a óxido por mis encías y me rebalse la boca. Era como calor y desagradable, pero también no. Jugaba a abrir y cerrar el clip sobre mis labios, a ver cómo todo lo que atrapaba se volvía blanco. A hacerlo despacio para que tarde en vaciar el color. Hasta volver al toldo de ladrillo que le cantaba a mis yemas desmechadas pidiendo que lo pruebe. 

El culo de cerveza me suelta la mano. Está hirviendo. El metal suda las mismas gotitas que me caen por la axila y el cuello. Un perro pasa y me huele. Un grupo de niños viene corriendo y grita. Gritan muy agudo, como si quisieran que el agua se contraiga más todavía y agrandar su patio de juego. La madre de alguno ceba mate y se queja a alguien por teléfono. El padre nunca manda la plata a tiempo y hay que andar detrás de él. Exprimir seco cada centavo. Pienso en la letra de la Sara trabaja y Abraham haragana, Abraham nada nada, pero la dejo ir porque no me la acuerdo. 

Los espacios con moho verde entre pozos, herraduras y maderas también olían a seco. No había seco sin cuevas estancadas. Los colores secos eran el verde podrido y el amarillo muerto bajo el sol que me cubría esperando derretirme bajo una forma u otra. Me acariciaba mientras esperaba echada en la galería, un montoncito disperso esperando a ser llamado para tomar el té. A través del toldo de rayas verdes y tierra podía ver el pegote que en un rato se nos iba a pegar a la boca. 

Me acerco a la orilla, pero el agua está imposible. A medida que me acerco, el olor a barro fermentado crece. Quiero meter el pie. O las manos. Unos chicos se meten. Por suerte no soy la madre, no querría limpiarlos. Esta laguna que corroe. Tal vez no es el agua quien le hizo asco al muelle, sino  el muelle quien se alejó porque perdió interés en el agua. 

Dormitábamos en una pausa que nos llenaba para comer. Después de comer corríamos a limpiarnos al tanque australiano, donde el cuerpo se nos hundía de a poco en el agua helada. Esquivábamos con cuidado los camoatíes de los bordes y nos perdíamos bajo la superficie.

Me siento de vuelta en frente de la carpa. El rallador que sigue sonando parece ser un rallador y no una horda de grillos. Meto la bolsa de dormir en la carpa y me meto con ella. Adentro la carpa es azul. Afuera todo es blanco y adentro es azul. Busco entre los huecos del mosquitero. No sé qué busco. Todas las paredes son de mosquitero. Un mosquitero fino, sin nada atrapado en el medio. Es la primera vez que la uso. 

Miro fijo a la laguna de Lobos. O adonde sé que está la laguna, atrás de los arbustos, atrás del mosquitero. No hay mucho. No me hace acordar a nada. Me rasco la cabeza. Me tiene harta todo lo que me olvido entre huecos. Vacío la mochila. Nada. 

Salíamos a manejar a 80km/h por el camino de tierra. Destrozando la camioneta, sin entender cómo ni por qué se desgasta un auto. Nos robábamos las llaves a la hora de la siesta. Buscábamos rectas cada vez más largas para estirar las horas a toda velocidad. 

Acá está seco. Hay un almacén con poca cosa. No hay puestos por la ruta que vendan quesos ni salame para compensar la escasez. Hay lugares más lindos, seguro. La cumbia suena entre brisas. Entra a bocanadas en la carpa y se vuelve azul. Hay que imaginar el amarillo de afuera. Hay bolsillos en cada lado para colgar cachivachería suelta, también hechos con una red de mini agujeritos tensos que no dejan que nada traspase. Meto la mano en uno y la dejo colgada. La muñeca tira del borde y estira su elástico azulado. Con la uña hago el ruido de rallador. 

En un rato volvían todos del pueblo, y tal vez trajeran cosas. Los perros se acercaban a lamernos las caras y nos traían con ellos sus moscas. Los alejábamos a empujones y quedábamos echados con ellos entre las chicharras, derritiéndonos poco a poco bajo el calor que proveía la sombra. 

Pienso que podría levantar las estacas, una por una. Guardarlas en su bolsa. Que recobren su tin tin tin a medida que se apilan. Hacerlas llorar en un montoncito. Me reclino sobre mis brazos y poco a poco desarmo la carpa en mi cabeza. Me pierdo en el punto fijo en el que, intuyo, queda la laguna de Lobos.


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