Qué será, será....
Malena trataba de prestar atención, pero no podía. Los ojos se le cerraban. Tenía los párpados pesados. La mirada se le iba cayendo por las distintas pestañas. Millones de pestañas. Se fregó los ojos con las manos para despabilarse y volvió a empezar. Buscó una por una hasta que la encontró: “cómo preservar barcos en botellas”. El problema es que daba muchas vueltas. En un paneo rápido, era imposible encontrar instrucciones precisas. Hacía falta leer la entrada completa, pero los ojos de Malena se salteaban frases, párrafos enteros. O peor, se iban al teléfono. Hamacando la silla con un pie, asomó la cabeza por el pasillo.
Desde la sala no llegaba a ver la ventana, pero si se asomaba un poco más, un poco más, con el pie en punta sobre el borde de la mesa…un poco más, y la silla crujiendo sobre el filo gastado de sus patas…un poco más y su brazo apoyado sobre otra silla cerca para no caer, y ahí se veía. No la ventana, pero la luz. Un haz blanco se escapaba por el hueco que la cocina tenía por puerta. Malena había sacado la puerta. Era la única fuente de luz natural en la casa. Todas las demás ventanas de los cuartos y las salas estaban cerradas. Tenían sus persianas de metal caídas. Roídas y oxidadas. Las bisagras habían comenzado a pudrirse. Las habitaciones, una por una, se clausuraban para desgranar sus haberes, despellejar sus paredes. Una corriente de viento llenaba el cuarto de olor a grasa. Paraná tosía y escupía. Hacía muchísimo calor. El teléfono sonó de vuelta. Otro mensaje de Juliana.
- Estoy abajo Malena. Dale. Basta con esto.
Basta. Dale. Vamos. A Juliana le encantaba dar órdenes, y a Malena le solía gustar ese juego. Se hacía lo que Malena quería bajo el mando de Juliana. Malena no llegaba siquiera a formar deseos: el mundo tomaba forma por y para ellas, y al terminar, volvían a Paraná. Ahora ella no quería ir a ningún lado. Juliana le había dicho que eso era culpa de la casa. Juliana siempre culpaba a la casa: “no se puede pensar bien en ese departamento viejo y sin aire. Te va a tragar el agua de la pared”. Pero la cantidad de aire siempre fue la misma. Si algo, se multiplicaba. Las ampollas salían del techo, del piso, parecía haber aire bajando por una corriente desviada. Malena dejó de hamacarse. Se paró y fue a la cocina. Buscó la pared que desde hace unas horas largaba manchas color violeta. Cuando acercó el pulgar para acariciarla, la mancha cedió ante el tacto. Sintió el hueco de madera húmeda intentando llevarse su mano. Se imaginó el cuerpo hediondo. El problema no era la casa. Durante años Paraná les hizo lugar, les prestó sus balcones, se dejó llenar de cenizas y ahora, ahora que se revolvía, pastoso, en un pulmón de manzana, Juliana le daba la espalda.
- No me siento bien.
- No fue una pregunta, te espero en la Shell.
Malena pensó en las estaciones de servicio. En el calor seco que levanta el asfalto y los autos que se ponen en marcha y frenan, en marcha y frenan, en marcha y frenan. En cómo afuera de la casa todo era igual, solo que se movía más. Los camioneros, los viajeros, los surtidores, todos estaban tirados haciendo tiempo en el calor. Todos. Hasta las personas de los pisos por encima de Malena que fumaban apoyados sobre las ventanas ilegales de la medianera. No los veía, pero cada tanto entraban sus colillas. Fue a la cocina para ver si había alguna nueva. ¿Estaría alguno más esperando, como Malena, a que ella volviera?
Las hornallas estaban pegajosas, con manchas marrones que no se secaban ni se iban. La casa esparcía su maleza. Malena sentía el sol del mediodía a través de los ruidos erráticos que entraban por la ventana. Subían a los saltos desde la calle. Bocinas y chirridos oscilando de grave hacia agudo en un solo chille. El mismo viento caliente con grasa saliendo de las alcantarillas. Un reflujo de un manglar descompuesto.
Malena se sentó en una silla de la cocina y dejó condensar varios minutos sobre sus manos. De vuelta con la panza plegada, las gotas de sudor se deslizaban por su pecho hasta una pileta en su ombligo. Una halo de vapor la aplastaba a la silla y se le metía en la piel. Alejó lo que pudo con la mano y agarró el teléfono para responder. Se lo quedó mirando hasta ver a través de su pantalla, y del piso, hasta abajo, hasta el palier y luego más allá, a un subterráneo donde no pegaba el sol pero el calor lo envolvía igual. Se quedó perdida en ese punto específico concentrado bajo tierra. Parecido a otro punto, más lejos, que nunca había ido a visitar.
- Me duele la cabeza, estoy venida.
- Y a mí me tenés los ovarios hinchados. No te veo hace 7 meses, Malena. Dale bajá.
Dejó el teléfono sobre la mesa. Cuando lo apoyó, hizo ruido de chicle pisado, de piel sudada. Se paró para hacerse algo de comer. El olor a grasa era cada vez peor. Creaba ampollas bajo la pintura vieja que se inflamaban hasta explotar en un bao hediondo. Tomó un poco de aire y, conteniéndolo, exploró la despensa. Había arroz, fideos, porotos. Todo requería hervir. No quería sumar a la casa ese extra de calor. Esas otras burbujas fugándose del piso de la olla hasta erupcionar, a veces fuera de la cacerola. “Esa casa es insalubre, tenés que irte. ¿No querés vivir un poco mejor?” le decía Juliana, su madre, toda la familia. ¿Mejor que qué? Malena solo quería dormir para siempre. Ella también.
Pero ahí estaba. Despierta. Se apoyó sobre la mesada y sus manos se quedaron pegadas al lado de una cucaracha diminuta, tal vez muerta hace tiempo. Se alejó y volvió a la sala. Leyó el nuevo mensaje.
- No me hagas subir, el encargado me conoce.
Juliana la iba a esperar en la shell por siempre, un cigarrillo tras otro. Su cuerpo se haría pequeño y se esparciría como las colillas, pero no se iba a ir. Podía verla con nitidez, como si estuviera espiándola desde la ventana. Otra ventana, no la suya. Una por la que podía ver el mundo pasar de cerca sin tocarlo. Una por la que las personas irían caminando y todas y cada una tendrían un lugar a donde ir y ese lugar estaría sobre la tierra y no debajo. Imaginó a Juliana abriendo un alfajor bon-o-bon. Vio cómo se le llenaba de ceniza, lo soplaba apenas y tragaba el resto de un bocado. Malena no salía de esa casa desde hacía meses, cierto. ¿Pero qué le quedaba al mundo para ofrecer? ¿Quién iba a velar al manglar? Aún así, la abuela de Malena siempre quiso mucho a Juliana. Miró al techo y se disculpó. Ya vuelvo, le dijo.
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Juliana esperaba en el estacionamiento, apoyada contra una medianera. Se escondía bajo unos pocos centímetros de sombra. Los dedos de los pies se le escapaban y se dejaban prender fuego por el sol. No había lugar para salvarse entero. Solo de a partes. La gente iba exhausta. Se escuchaban insultos, bocinas de taxistas frente a semáforos sin luces, y los gritos de un malabarista acalorado que discutía con el dueño de un perro.
Malena avanzaba con los ojos entrecerrados y un brazo sobre la cara. Caminaba despacio, sin llamar la atención de nadie. Si alguien hubiera prestado atención, habría notado que sus pasos se suspendían apenas un segundo más que los de una persona promedio. Pero nadie habría dicho que flotaba. La humedad le pegaba la ropa al cuerpo. El sol la empujaba contra el asfalto. El pelo se le separaba. De a poco se iba erizando hasta hacer curvas y ondas errantes sobre sus hombros. El mundo no cedía ante ella. Las cosas estaban hechas de metal y brillaban demasiado. Decidió caminar mirando hacia abajo, guiada por los cambios entre vereda y calle y los pies de otras personas que decidían frenar o avanzar. Veía entre las baldosas sueltas pequeños charcos y raíces de manglar y le daban ganas de correr de vuelta hacia Paraná, o de hacerse pequeña y ahogarse en alguno de esos ínfimos charcos tibios.
- Por fin, ya iba a comprar otro atado.
- Compralo igual, si respirás humo vos.
Juliana se rió y se abalanzó sobre ella. No era una persona de abrazos, estaba haciendo una excepción. Malena se dejó envolver. Tal vez podía tomar un café. Comer alguna masita arenosa, llena de azúcar, que se le deshiciera en la boca.
- ¿Vamos a sentarnos a algún lado? —propuso.
Juliana la miró, tiró lo que le quedaba del cigarrillo en un rincón sucio y subió al auto.
- Nada de sentarnos en algún lado, la ciudad es un asco. Vení, subí.
Malena miró por sobre el hombro con miedo. Sintió a la humedad tirándole del cuerito. No debía alejarse mucho. Se quedó parada frente a la puerta del acompañante. La ventana estaba llena de remolinos sucios hechos con un trapo desvencijado. Detrás, veía los movimientos borrosos de Juliana. Estaba acomodando los trastes de un asiento a otro. Bolsas y cartones haciéndose bollo. Después se puso a bajar la ventana con esfuerzo. A veces tenía que abrirla con las dos manos. La dejó a la mitad, le abrió la puerta y le hizo un gesto con la mano para que subiera. Corrió una brisa, leve, y Malena sintió una punzada de malestar. El viento le movió el olor a grasa del pelo y se vio, por unos segundos, parada al lado de la ventana de la cocina. Se agachó para entrar al auto pero subió el cuerpo a medias: dejó una pierna afuera y la puerta abierta.
- ¿A dónde vamos? No me puedo ir muy lejos.
Juliana apagó el auto que recién había prendido y abrió la boca para decir algo, pero se frenó. En vez, apretó los labios. Hay cosas que se dicen en vida, y Juliana a Malena no se las había dicho. Ahora no era el momento. Se tenía que recordar por qué estaba ahí, frente a esta persona que no podía ser su amiga. Malena tenía ojeras. Olía a agua estancada. Era una cáscara infestada, como esas piedras que acumulan moho en la orilla, sobre las que uno resbala. El auto no tenía aire acondicionado. Se preguntó si el espacio compartido se sentiría como manejar sobre un charco. Si se le pegaría a ella también el olor. Tomó aire y empezó de vuelta:
- Solo por hoy, Male. Dale. ¿Te acordás de la quinta de Mauro? Hace una fiesta. Es a dos horas. No quiero ir sola. ¿Me acompañás? Volvemos a la noche, te prometo.
El calor se podía palpar, era una bola densa, apretada dentro del Fiesta. Malena movió la lengua en busca de palabras. La tenía hinchada por la falta de agua. Nada. Paredes descascaradas a lo lejos. Miró a Juliana. Notó cómo apretaba y soltaba el cambio con las manos, ajustando el grip. Cada poco subía las cejas y abría los ojos lo más grande que podía para llenar el silencio. Esperaba que reaccionara.
- Te traje ropa linda para que te pongas y el vino que te gusta.
No se acordaba de cuál era el vino que le gustaba. Seguía tratando de adaptar sus ojos a los vaivenes de luz y color que el entorno le proponía. El mundo estaba en expansión. Crecía alto, lejos, ruidoso. Miró instintivamente hacia arriba, buscando un techo que le diera respuestas y se encontró con un celeste que le dio vértigo. Tanto celeste metiéndose por las ventanas abiertas de medianeras vacías. Nadie fumando. Nadie esperando.
- Hagamos esto. Vamos a andar un rato en auto. En el camino decidimos si querés ir o no.
Siempre le había gustado andar en auto. Juliana sabía. Había algo de estar en un lugar intermedio. En la nada, flotando. No del todo convencida, Malena subió la pierna que faltaba y cerró la puerta. Se acomodó las pantalones con los dedos en pinza, despegándolos de sus piernas y se tiró el pelo para atrás. Ese pelo ya no brillaba cuando lo movía, pero Malena recordaba el movimiento. La nuca todavía la tenía erizada.
Agarraron la autopista y salieron para el lado de General Belgrano. El viento soplaba tan fuerte que no podían hablar. Tampoco sabían bien de qué hablar. A falta de cosas para decir, sin saber qué hacer con su cabeza, su cuerpo, sus manos, Malena se descalzó y dejó sus pies salidos por la media ventana. Empezó a sentir cómo el sol los achicharraba, como si estuviera parada sobre arena caliente. Como si hubiera solo arena al norte, al sur, arriba, abajo, a todos lados, y la arena creciera cuanto más se alejaba de la ciudad. Sintió ganas de vomitar.
- Ju, quiero volver.
- Te acabás de subir, Malena.
Malena buscó el bon-o-bon sintético en las manos de Juliana, entre sus uñas amarillas y los pellejos comidos. No estaba. Es más, las manos de Juliana estaban lindas. Tenía las uñas hechas, pintadas de color, combinaban con su remera. Estaba bronceada. Juliana no se descomponía con ellas. Elegía vivir, todo el tiempo.
- Da la vuelta.
- Es una autopista, Male. No puedo acá. Banca un rato.
Las uñas de Juliana brillaban con el reflejo del sol. Blanco, impecable. Brillaban sus gafas. Resplandecía. El nudo en la panza se hizo más agudo.
- Te dije que des la vuelta.
Juliana despegó la vista de la autopista para mirar a su amiga. No habían hecho ni diez kilómetros. Malena había entrado los pies y estaba hecha un bollo, de costado. La miraba tensa. Completamente seria, con la mandíbula apretada y las manos prendidas a un puñado de tela suelta del pantalón. Respiraba agitada. Juliana resopló:
- En la próxima bajada vemos.
Aferrada a esa promesa, Malena aceptó la tregua. Agarró uno de los cigarrillos viejos de Juliana. Uno del atado que estaba en el apoyavasos, entre asientos. Juliana tenía cigarrillos en todos lados: en el guarda detergente (fumaba mientras lavaba platos), en su mesa de luz, los del balcón, en el auto. Los del balcón eran los peores. A veces, Malena encontraba un atado en su balcón y cuando metía la mano se encontraba con cigarrillos mojados por la lluvia. O peor, ya estaban secos, y sin saber los prendía para aspirar una humarada con sabor a hongo y moho. Acomodó el cigarrillo entre los dedos de su mano y sacó el brazo por la ventana. Lo dejó ahí, al sol, apagado como un fósforo, esperando que prendiera solo. O se volara. Tal vez. El calor le cerraba los párpados. Ahora iban a dar la vuelta y volverían. Nunca tendría que haber salido. Volvería a casa.
—--
Se despertó con el brazo dormido y la mitad de la cara roja. El auto era un enjambre de moscas y moho. Estaba vacío. Nada cerca. Nadie cerca. Sacó la cabeza por la ventana: la neblina no dejaba ver con nitidez, pero estaba, sin dudas, en una estación de servicio.
- ¿Juliana?
Silencio. No solo dentro del auto, en todos lados. Escuchó un crujido. Plástico resistiendo. El piso comenzó a temblar. Quiso aferrarse a algo, pero la guantera explotó. De ella salió una avalancha de lentejas de agua. En un bocado, se tragó la palanca de cambios, llenó los apoyavasos y comenzó a inundar el piso del lado del conductor. Una baba cayó del techo. La podredumbre del auto crecía con voracidad. Malena sacó el brazo por la ventana para abrir, pero cuando la manija se soltó de la puerta apenas la tocó. El enjambre de lentejas ya trepaba su asiento. La guantera vomitaba sin fin. Probó patear y la puerta cedió. Se tiró justo para ver el techo ceder ante el peso del pantano.
- ¿Hola?
La ruta ya no era ruta, estaba en un camino de tierra mojada. Alrededor había siluetas de árboles curvos. Árboles anormales, arrastrándose por el aire. Y en el centro, una estación de servicio. Un fósil de estación: había bidones de plástico vacíos, charcos de nafta hechos sombra, mangueras roídas, pero sobre todo: plantas.
La estación estaba muerta, pero las columnas que sostenían el techo estaban envueltas en lianas de salvia pegajosa. Se movían y acomodaban como serpientes. Los surtidores tenían costras y claveles del aire. La puerta estaba abierta. En realidad, no estaba abierta: no había puerta. Por el hueco escapaban pequeños arroyos sucios.
Entró. Nadie. Sillas corridas, estantes caídos. En la zona de heladeras, brotes de hongos despedazaban los burletes. Los más hábiles tejían su piso entre las rejas de los estantes de la heladera. Alzaban edificios sobre yogures abandonados. Sintió que algo le tiró del cuerito. Venía de un rincón de la estación de servicio, tan oscuro que no se llegaba a ver si era una pared, un pasillo o el mismísimo bosque. Ahí estaba Juliana. De espaldas. Tenía un alfajor bon o bon en la mano y estaba eligiendo una caja de cigarrillos. Movía el alfajor ligeramente, de un lado a otro. Emanaba una canción, pero Malena no llegaba a escuchar la letra…
- ¿Ju?… - y con más confianza- Juliana, nos volvemos a casa.
La dio vuelta desde el hombro: sobre su cara lisa caminaban insectos, se adherían bacterias de colores y líquenes. Una corriente de olor a podrido salía de ella. Una babosa se acomodó donde irían sus labios y le dijo, muy, pero muy bajito:
- Malena…¿Dónde estás?
Era la voz de Sylvia.
—-
Vistas de arriba, eran dos puntos pequeños que se asaban al sol sobre el asfalto. No chocaron, Juliana había podido frenar. Malena se había despertado endemoniada. Intentó abrir la puerta. Gritó cosas sin sentido: el nombre de su abuela, algo de unas lentejas, jadeó como si se ahogara, “¿Dónde estamos?, Juliana, mi casa, ¿dónde estamos?”. Hasta que se prendió del volante y casi volcaron. Ahora fumaban al costado de la ruta. Malena estaba apoyada sobre los codos, cubriéndose la cara con las manos.
- Me dijiste que volvíamos.
- Te dije que estábamos en una autopista. Si no tenías esa pesadilla dormías de corrido hasta la fiesta.
Juliana apretaba la boca. No le gustaba mentirle a su amiga, pero era la única persona que podía lograr que Malena hiciera algo que no quería. La única que quedaba. Malena seguía sus órdenes por eso: Juliana sabía lo que ella quería, y Malena la podía seguir sin pensar. Pero algo había cambiado. A cada lugar que iban, había un pedazo de pantano. Miró sus uñas de color, se las había hecho el día anterior especialmente para la fiesta. A cada lugar que fueran, habría un pedazo de pantano. Se estaba empezando a arrepentir, pero la madre de Malena había insistido tanto. Al principio le pedía por favor, que ayude a que su nena entre en razón. Al final, solo le pedía veinticuatro horas. ¿Por qué se había dejado convencer? Malena hablaba de Paraná como de un reino. En algún sentido, lo era. Se expandía, tenía un ritmo propio, ningún día era igual al otro, las paredes cambiaban de lugar. Era un mal reino. En esa casa se comía poco y se dormía aún menos. La tele y la radio estaban siempre prendidas a la vez. Había ruidos que no se explicaban y gente caminando por los pasillos a las cuatro de la mañana. Esa casa se apropiaba de todo. Pero Malena también era una adulta y podía tomar sus decisiones.
Consideró dar la vuelta. Que se pudra en Paraná, pensó. Y después volvió a sentir culpa. Se pasó la mano por la cara y fumó una pitada del cigarrillo que tenía en la mano. Quedaron en silencio un rato largo, pasándose el cigarrillo sin mirarse. El humo se disipaba lento. Se quedaba en una nube baja flotando entre ellas. En Paraná el humo tampoco se iba, a veces se quedaba entre los pliegues de las manchas de humedad en el techo. O se infiltraba en las burbujas de las paredes. Cerró los ojos para estar de nuevo encorvada en una silla, la nube pegándose a su piel, la pileta de sudor llenándole el ombligo. Así de despiadado era su manglar. Se abrazó las rodillas para contener el recuerdo un poco más cerca. Juliana dijo en voz alta, para ambas:
- Te va a hacer bien esto, amiga, confiá.
- ¿Ir a una fiesta? ¿De qué hablás, Juliana? Llevame a casa.
Juliana se paró, dio una última pitada y tiró el cigarrillo lejos con un golpe de los dedos.
- Está bien.
Malena se sentó erguida. Por fin, se iba a hacer algo que ella quería.
- ¿En serio?
- Sí, en serio. Pero es tarde, ya estamos casi en General Belgrano. Acompañame a comer un sánguche de milanesa, el del puestito, y volvemos.
Abrió la boca para decir que no, que de ninguna manera. Que no quería seguir paseando. Estaba cansada de la ruta. Pero la cerró en un puchero lleno de bronca e indecisión. Una mitad de ella había quedado abandonada allá, lejos. Pero la otra… Malena soltó un poco las rodillas. La otra tenía mucha hambre. Una vez que volviera a Paraná, ¿qué iba a comer? Pensó en los frijoles, los fideos, en las ollas pegoteadas que tenía que lavar si quería cocinar. En que la esponja para lavar estaba casi desintegrada y se le había caído en el hueco entre el horno y la pared. En cambio: el puestito. Una vez habían hecho este recorrido solo para comer en el puestito. Las milanesas chorreaban aceite. El tomate era jugoso. El queso derretido se hacía uno con el pan fresco y mullido, y la cáscara crocante le cortaba el paladar. Malena lo llenaba de mostaza y sal. Juliana le dio unas palmadas sin mirarla para que se levantara.
Arrancaron. Malena miró por la ventana y vio un hilito de humo: el cigarrillo de Juliana, lejos, dando una última señal antes de apagarse en la tierra. Antes de convertirse en una parte más de ese desierto de pasto seco, huesos enterrados, y alambre suelto, porque en esa parte ya había alambrados, aunque comenzaban tan repentinamente como desaparecían. A Malena la hipnotizaba la trama que ejercían en el aire. Partían la tierra en dos, en tres, en cuatro franjas borrosas. Yendo a ciento cincuenta eran como arroyos, que corrían hacia la ciudad. Arroyos que tal vez, si pudiera tocar…
La radio sintonizó una voz lejana. La acompañaba una suerte de mandolina. O guitarra aguda. Juliana subió el volumen.
- ¿Esa no es la canción que le gustaba a Sylvia?
Malena hizo sí con la cabeza.
- Qué será, será…Una vez la cantamos, ¿no?
La habían cantado fumando en el balcón. Whatever will be, will be… Su abuela cantaba esa canción cuando no quería responder a una pregunta. Malena se puso a murmurar pedazos, retazos de canción. La boca se le llenó de lentejas. Una ola de dendritas se atascaron a la pared de su garganta. Una vez estaban merendando y Amalia no tenía nada para comer. Era diabética, entonces no podía comer facturas. Le preguntó a Sylvia si quería que fuera a comprar algo para ella al supermercado. Qué será, será, le respondió y se fue por el pasillo, soltando humo por la nariz.
- Era mala.
- Malísima.
Malena soltó aire. Qué tensa estaba. Tenía la espalda en la miseria, los hombros le dolían. Sintió toda su cara seca y tirante. Sus piernas inquietas de estar quietas cientos de días. Su cuerpo anfibio se resistía al cambio. Pero los anfibios vivían tanto fuera como dentro del agua. Y ante esa idea, por un momento, se sintió liviana. Capaz de flotar. Se dejó llevar por la trama del alambrado uno, dos, tres kilómetros hasta que el curso del metal se vio interrumpido por un cartel enorme. Atrás del cartel, había cinco manchas. Tal vez más: se fundían una con la otra. Tenían distintas alturas y tamaños. Algunas estaban echadas, otras paradas. Ocupaban cada centímetro de sombra.
- ¿Qué será, será?
A Juliana le corrió un escalofrío, Malena lo había cantado bajito, igual que Sylvia. La misma voz.
- Vacas, Male.
- Frenemos.
Juliana no tenía ningún interés en conocer las vacas de cerca, pero era la primera propuesta que venía de Malena que no fuera volver a su casa. Desaceleró, se arrimó a la banquina, con un poco de duda frenó y apagó el auto. Se acercaron.
Donde terminaba el sol, comenzaban las vacas. Muy calmas y quietas, bajo la sombra del cartel, esperaban con la certeza de que al sol, en algún momento, le tocaría bajar. Malena fijó la vista en un ternerito que estaba sentado sobre sus rodillas. Se veía suave. Era casi todo blanco, con unas pocas manchas marrones con forma de nubes dispersas. Miraba un punto fijo en el cartel de la misma forma que podría mirar a un campo de flores o un pastizal. Podía quedarse ahí toda la vida. Podría quedarme así el resto de la vida, pensó Malena. ¿Por qué no? El calor podría durar una eternidad y los alambrados marcarían el límite entre una nada y otra. Nada infinita. Nada poceada, con montes y nudos de alambre suelto. Y algún que otro cartel publicitario grande, desactualizado, vendiendo alfajores o desodorantes que ya no existían. En eso pensaba cuando algo húmedo le tocó la mano.
Giró para ver qué era y vio una vaca. Estaba sucia, llena de tierra. Tenía sangre en las pezuñas, como si hubiera intentado hacer un pozo sobre tierra seca y astillas. Le faltaba un ojo, y en su lugar había un hueco infectado. De la cavidad crecía una mancha violeta llena de gusanos. Los gusanos tenían ojos. Miles de ojos en reemplazo del gran ojo que faltaba. Residuos de ojos acaparándolo todo. La vaca no estaba perdida, la estaba mirando.
- Male. ¿Estás bien?
—-
El camino restante a General Belgrano fue en silencio. Malena luchaba para sacarse de encima los gusanos. Se le atascaban en el pelo. Los tenía entre los dedos. Se le trepaban en la oreja. Querían meterse dentro de ella. Se miró al espejo. Estaba pálida. Se encontró pelos entre las cejas, granos, pequeños sarpullidos dispersos. Tenía puntos negros. Miles de puntos negros. Como si algo dentro de ella estuviera intentando escapar y se atorara en la salida. Nunca tendría que haberse ido. Se tanteó el pelo, la cara con las manos hasta que lo encontró: en una oreja tenía el cigarrillo que buscaba. Un poco quebrado, pero fumable. Sacó el fuego del bolsillo. Con él iba a incendiarlo todo. Aspirar y quemar cada pedazo viscoso que le corriera por dentro.
Juliana manejaba despacio, por si acaso. Los colores de la ruta se amalgamaban. Iba con una mano en el volante y con la otra apoyada en la ventana. Cada tanto apoyaba el codo para soltar el peso y descansar su cabeza. Malena iba hecha un bollo en el asiento de al lado. Agarraba la caja de cigarrillos y la dejaba. Lo peor era su cara cuando se perdía en el espejito del parasol. Antes de subir de vuelta al auto le había llegado un mensaje de la madre de Malena diciendo que solo necesitaba unas horas más. Ahora Juliana se preguntaba cuál era la diferencia, no se podía desmontar Paraná sin desmontar a Malena. Siempre que existiera Malena, las raíces encontrarían tierra fértil donde crecer.
A lo lejos, unas letras blancas gigantes leían “General Belgrano” en la rotonda. La bandera de Argentina colgaba quieta pero cada vez más cerca del piso. En la segunda salida estaban la YPF y el puestito. Por alguna razón las letras gigantes de General Belgrano estaban escritas en serif. Juliana subió a la entrada de ripio, frenó frente al puesto y apagó el auto. Le voy a tener que decir, pensó. Se quedaron un rato así. Por la ventana de Malena cada tanto entraba el humo de algún camión.
- Milanesa y volvemos, amiga.
Malena asintió. Tenía la pera muy pegada al cuerpo. Bajó con los ojos puestos en un punto fijo que se movía con ella. Entró al local sin mirar. De memoria. Después de la milanesa, de vuelta a casa, pensó, y el punto fijo se le puso borroso. Malena hizo un esfuerzo por enfocarlo de vuelta y no pudo, entonces pensó en la milanesa. Una aceitosa milanesa de carne, envuelta en un bolsillo de huevo y pan. Su piel de pan completamente despegada de la carne. Etérea. Humedecida por el tomate y la mostaza. Ahora Malena se miraba las manos. Sentía el peso del sánguche. Vacías, las apoyó sobre la mesa de melamina pegoteada. Esas mesas eran así: con pegote. Como sudadas. Malena las conocía, las de su cocina era igual. Cuando estaba Sylvia, los domingos pedían empanadas y les daban un golpe de calor en el horno. Malena esperaba con la piel adherida a la mesa.
Sintió un hambre violenta. Miró hacia adelante y encontró a Juliana abriendo y cerrando la boca: Malena se dio cuenta del silencio, y el silencio se evaporó, como si algo hubiera explotado.
- ¿Qué?
Juliana apoyó una mano arriba de la de Malena. Se quedó esperando a que su amiga respondiera. Como no llegó ninguna respuesta, insistió.
- Perdón, Male. Pero tu mamá tiene razón. Vamos a lo de Mauro, no tenemos por qué volver ya. Es cerca.
A lo de Mauro. Malena escuchó cómo la ruta hasta Buenos Aires hacía un chirrido salido del infierno. Percibió cómo la tierra se partía en línea recta bajo el asfalto. Cruzaba el desierto, subía por la avenida, pasaba el manglar, más lejos, hasta llegar a un cajón de madera empapado por la oscuridad, que germina. Era un misterio que la vida floreciera por encima y no por debajo, considerando que transcurre bajo un sol tan violento. Su propio cuerpo era un saco de arena, llamándola al piso, más abajo, a ser parte del sedimento, donde pudiera quedarse quieta. Podría ser tan bello, quedarse quieta. Deshacerse. De a poco la arena caería y ella perdería su forma. Adiós brazo, una pierna, la cintura. No había una fiesta a la que quisiera ir, quería ir debajo. Pero antes, quería comer.
- Milanesa y volvemos a casa, amiga-, respondió Malena absorta.
Miraba hacia la pared. Estaba enfocada en la ruta que se separaba para formar un cañón Un aleph con todos los muertos del mundo. ¿Estaría ahí?
- No hay más casa, Male.
Malena giró muy, muy lento hacia Juliana. Negó con la cabeza.
- Siempre hay casa, Ju.
Juliana suspiró. Le dio un pequeño apretón antes de sacar la mano. Ella también tenía hambre, y no parecía que la situación se fuera a esclarecer más rápido por insistir. Se paró y fue a la barra a buscar los sánguches Cuando volvió con los sánguches partidos en dos, la panza de Malena rugía. Su expresión cambió. La milanesa desbordaba. La lechuga se extendía en pose. Su forma de burlete cansado le daba curvas a la comida. Malena apretó con sus dedos un pan francés imaginario antes de agarrar el de verdad. Cuando estuvo por dar un mordisco, sintió el olor a miga fresca. Y lo engulló. Un mordisco tras otro. Sin frenar a respirar. La milanesa se despedazaba sin esfuerzo. Se dejaba destruir. Se partía como tablas en una tormenta. La madera podrida de un piso cayendo a pedazos dentro de ella. El pan rallado náufrago se esparcía como cáscaras de pintura vieja. Los primeros mordiscos se llevaron todo el tomate. Sus semillas gelatinosas flotaban en el plato con el pan. Caían también barquitos de de yema seca y Malena pasaba su dedo con mostaza por todo ese enchastre para levantarlas. Aupaba el sánguche para que nada cayera, y contener el tiempo y la urgencia y la vida y pronto tuvo las manos vacías.
- Había hambre, che- dijo Juliana.
Lo dijo con el ceño fruncido y con espanto. Malena no la escuchó. Agarró la otra mitad y soltó un gemido de anticipación. El sánguche se comenzó a desarmar por la velocidad de sus mordiscos. Rebalsaba y el jugo de tomate fresco le caía por las manos, caía a cascadas por las muñecas hasta formar un charco debajo, sobre la mesa. Tomaba formas improbables. Charcos de nafta hechos sombra. Una persona de la mesa de atrás le hizo un gesto a Juliana para pasarle un dispenser de servilletas pero ella, casi sin mirar, la frenó y le hizo un no de lado a lado con la mano. Quería evitar que se acercara y se volviera parte de la escena. Malena terminó su sánguche y sus manos recorrieron la superficie desesperadas. Juliana, acercó su plato de chapa y las manos atacaron.
La carnicería se repitió. Los mordiscos eran cada vez más desaforados. El pan caía en trozos completos. La mostaza se fue toda hacia los bordes. Malena compensó mordiendo de un costado y luego del otro, hasta que mordió el corazón. El corazón estaba blando y viscoso. Como una fruta amoretonada. Pensó en los duraznos en canastas, preciosos. El corazón de la milanesa estaba frío. Cedió rápido ante sus labios. Cayó dentro de su boca y Malena lo sintió latir. Estaba pegajoso. Miró los restos de sánguche que quedaba en sus manos y vio algo moverse. Pequeñas ondas en retirada en busca de sombra y protección bajo la tapa de un pan mojado. El bollo en su boca se volvió loco. Comenzó a trepar las paredes de su mejilla, su garganta. Malena sintió arcadas. Escupió. Soltó el sánguche y comenzó a toser. Comenzó a pegarse en el pecho. Estaban en todos lados. Juliana se paró y le dio unos golpes en la espalda para ayudar.
- Amiga, tranquila. Si comés así te vas a morir.
Malena se apoyó sobre su codo para recuperarse pero enseguida lo sacó: la mesa estaba mojada. No es tan fácil morir, pensó agitada. Había pulpa de tomate por todos lados. Examinó la superficie, no quedaba nada limpio. Era un cementerio de milanesa. Examinó su falda, estaba teñida con manchas de jugo de tomate y explosiones amarillas, tierra y manchas viejas que ya arrastraba desde la ciudad. Subió la mirada hasta su hombro, donde sintió que algo le apretaba. Eran unos dedos. Eran los de Juliana. Juliana estaba en cuclillas agachada al lado y se veía genuinamente asustada. Y detrás de Juliana, dos ojos más. Desconocidos:
- ¿Necesita algo?
Sin nada más que escupir, Malena inhaló profundo. La cara le hervía. Había una tapa de pan francés entera panza arriba sola en una esquina y los grumos de yema se confundían con la corteza del pan. Se acomodó el pelo. Encontró en él pedazos de pan y aderezo. Carraspeó para acomodar su voz pero salió apenas un quejido, roto y disfónico:
- No.
Su garganta comenzaba a sentir los estragos de su atracón. El mozo asintió y se fue. Sintió de vuelta la mano de Juliana. Juliana que, en ese momento, buscaba a tientas su teléfono, para no perder de vista a su amiga. Lo buscaba para escribirle a la mamá de Malena, y decirle que volviera a poner todo en su lugar. Cada mueble, cada telaraña, cada colilla de cigarrillo. Para decirle a Mauro que al final no había logrado sacar a Malena de la casa. Que si iba, iría sola, más tarde. Agarró a Malena con las dos manos para velar por lo poco que quedaba de ella.
- ¿Qué hacemos, amiga?
Malena dudó. Era una pregunta de verdad. ¿Qué hacemos?
- Dame ropa - le respondió - soy un asco.
Juliana le sacó un mechón de la cara y se lo acomodó detrás de la oreja en una caricia. Después se levantó y fue al auto. Volvió con un vestido en la mano. Era un vestido blanco, suelto. En el escote tenía una tela transparente con brillos que, con el reflejo del sol, le quemó las pupilas a Malena:
- Es el de tu cumpleaños.Acercó una mano al vestido, con los ojos entrecerrados, esquivando los reflejos. Llegaba a ver navajas de arcoíris que se acercaban y alejaban. Estiró los dedos para acariciar el filo multicolor. Lo siguió hasta hacerlo desaparecer.
- Me lo iba a poner yo, pero te lo presto. Vas a ser la más linda.
Malena balbuceó “adiós cintura, chau pierna, adiós rostro". Aún así, agarró el vestido con las dos manos y se lo apoyó contra el pecho. La más linda. Escuchó al desierto expandirse. Cómo los quiebres hacían crujir al cajón. Sintió sus venas secas. Sus huesos de madera envejecida como los árboles que se retuercen. Árboles agachados, escondidos. Pensó en la vaca podrida y el alambre de la ruta que partía en uno, dos, tres, franjas indivisibles del paisaje. Pensó en cómo Sylvia le rascaba el pelo antes de salir. Se acordaba de ese vestido. De noche brillaba más aún. Malena brillaba tanto como él. Lo abrió frente a ella: era el doble de su ancho. Su voz salió de adentro como salen los silbidos atrapados de entre las copas de los árboles.
- No me va a quedar lindo- dijo.Pero no lo soltó. Lo siguió tocando absorta. En su cabeza sonó una canción. Tenía el sonido seco de toda la llanura y la tierra que se pudre debajo. La voz que se pudre debajo. No sabía llegar hasta allá abajo, junto a todo lo que queda olvidado. El vestido se le empañó. En sus manos tenía una mancha brillante, borrosa. Si ella fuera un saco, si ella fuera ese vestido, podría tirar de un hilo suelto y desarmar, desarmar, desarmar hasta que no quede nada y que el hilo vuele y se atasque en los alambres del paisaje, en ese cementerio de huesos, metal y animales atropellados.
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